El helipuerto abandonado en la cima del Monte Marcy era una cicatriz de hormigón rodeada por un mar de pinos cubiertos de nieve. El viento de los Adirondacks aullaba con una fuerza que amenazaba con arrancar la piel, levantando remolinos de polvo blanco que cegaban la vista. Leonard Sinclair, envuelto en su armadura biomecánica, estaba de pie en el centro de la pista, una figura solitaria que desafiaba la tormenta. En sus brazos, envuelto en una pesada manta de lana, sostenía el bulto que Marcu