El amanecer sobre la costa mediterránea no trajo calidez, sino una luz cruda y grisácea que desnudaba la devastación del almacén incendiado a sus espaldas. Leonard despertó con el sabor amargo de la sedación en la lengua y una punzada eléctrica recorriendo su columna, una señal de que sus nervios estaban reconectándose sin la interferencia del chip. Sus ojos plateados tardaron en enfocar, pero cuando lo hicieron, lo primero que vieron fue a Katie.
Ella estaba sentada al volante del todoterreno,