La ciudad de Nueva York se erguía ante ellos no como un hogar, sino como una bestia de cristal y acero que había cambiado de amo. Tras el aterrizaje forzoso y la noche de agonía en la selva, Leonard y Katie habían logrado cruzar la frontera de la propiedad de los Sinclair bajo el amparo de la oscuridad, utilizando una red de transporte clandestina que Leonard mantenía para casos de colapso total.
Caminaban por las calles laterales del distrito financiero, envueltos en abrigos oscuros y gorras q