La euforia de la asamblea de accionistas se evaporó en el momento en que las puertas del despacho principal se cerraron. Leonard no se sentó en su silla; caminó directamente hacia la terminal maestra de seguridad, con Katie a su lado cargando al bebé. El trono de los Sinclair finalmente era suyo, pero el aire en la oficina olía a una trampa que aún no se había cerrado.
—Malcom, dame el estado de las cuentas de reserva —ordenó Leonard, sus dedos volando sobre el teclado.
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