Hay heridas que no sangran, pero laten. Pensó Emilia.
Lo descubrí el día que los vi de nuevo.
Ezequiel tenía siete años y discutía con Lucas sobre si los detectives también podían usar corbata. Fiorela, con cinco, estaba sentada en el suelo dibujando estrellas torcidas, concentrada como si el mundo dependiera de ese trazo. Yo los miraba desde la cocina con esa mezcla de amor y cansancio que solo la maternidad regala.
Pensé, ingenuamente, que era un día normal.
Hasta que tocaron la puerta.
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