Emilia Creía que lo peor había sido abrir la puerta. Pero no sé imagino lo que venía.
Irse no fue suficiente para ellos. No cuando el interés es más fuerte que la vergüenza.
Dos días después, volvieron.
Sin avisar.
Sin pudor.
Con maletas.
Literalmente, maletas.
Estaba en el jardín con Fiorela, ayudándola a regar unas flores que insistía en llamar “estrellas terrestres”, cuando los vi bajar del auto. Mi estómago se cerró de inmediato. No por miedo. Por hartazgo.
—Emilia —dijo ella, como si estuv