El primer movimiento de Erick Vaughn no fue violento. Fue inteligente.
Emilia llegó a la PDI antes de lo habitual. El edificio estaba casi vacío, con ese silencio artificial que precede a los días difíciles. Dejó su bolso en el escritorio, encendió el computador y respiró hondo. Había aprendido a leer su propio cuerpo: cuando esa presión aparecía en el pecho, algo no estaba bien.
No tardó en confirmarlo.
—Emilia —llamó Maike desde la puerta—. Tenemos algo. —. El tono era grave. Demasiado.
Ella