La oficina estaba en silencio, un silencio denso, cargado de papeles sin ordenar y pantallas aún encendidas. Emilia permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, observando la ciudad como si pudiera leer en sus luces alguna respuesta que se le escapaba. Desde el caso anterior, algo en su interior no terminaba de acomodarse. No era miedo. Era una alerta profunda, casi instintiva.
Maike cerró la puerta detrás de sí con cuidado.
—Emilia —dijo, sin rodeos—. Necesito confirmarte