El día comenzó más tranquilo de lo común. Emilia se preparó temprano, intentando no despertar a Fiorela, quien dormía profundamente en su cuna con el ceño suavemente fruncido; un gesto tan parecido al de Lucas cuando se concentra, que siempre le daba ternura. Ezequiel, en cambio, ya correteaba por la habitación con su infinita energía de niño de tres años.
—Mamá, hoy voy a ayudarte a atrapar a los malos —dijo muy convencido, mientras levantaba una espada de juguete.
—Solo si prometes atraparlos