Había pasado un año.
Doce meses desde que Emilia había colgado por primera vez su credencial oficial como detective, desde que su vida cambió no solo en horarios y rutinas, sino en silencios más hondos y miradas más cansadas. La familia Thoberck había aprendido a convivir con ausencias breves, llamadas a medianoche y regresos llenos de historias que no siempre se cuentan.
Pero aquel viernes… todo era distinto.
Las maletas estaban junto a la puerta, pequeñas mochilas con dibujos infantiles colga