El día amaneció con una claridad que no alcanzaba a borrar la tensión que flotaba en la casa Thoberck. Desde la noche anterior, la familia había acordado extremar las precauciones: guardias adicionales, rutas alternas, y la niñera de siempre con vigilancia reforzada. Aun así, Emilia sentía una inquietud clavada en el pecho —esa clase de angustia que no se calma con medidas racionales—.
Decidió, sin embargo, no dejarse vencer por el miedo. El sol hacía brillar el cochecito de Ezequiel, y el mund