La casa Thoberck parecía un castillo sitiado. Guardias privados vigilaban cada esquina, la policía mantenía un cordón invisible en las calles adyacentes, y aun así Emilia no lograba dormir. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la camioneta negra, la mano intentando tocar el cochecito, la sonrisa falsa de aquel hombre.
Ezequiel dormía plácido en la cuna, ajeno a la tormenta. Lucas lo observaba desde el sillón, con el ceño fruncido y las manos entrelazadas, como si el solo gesto pudiera co