La lluvia persistía, como si la tarde se negara a convertirse en noche.
Emilia se acurrucó en el sofá, todavía envuelta en la calidez que quedaba del abrazo de Lucas.
Él se sentó frente a ella, con los codos apoyados en las rodillas, la mirada fija en el ventanal empañado.
Por un largo momento, solo se escuchó el golpeteo del agua. Pero el silencio no era cómodo. Era un puente a lo que ninguno había querido decir.
—¿Recuerdas… el campamento? —preguntó Lucas finalmente, con voz baja.
El simple