El cuarto año comenzó distinto.
No fue solo una sensación: fue el aire.
El campus despertó con olor a primavera, a rocío recién posado sobre las flores del jardín central. Las mariposas aparecieron sin timidez, deteniéndose en los arbustos como si también ellas regresaran a clases. El sol, tibio y generoso, se filtraba entre los árboles y caía sobre los caminos de piedra con una luz amable, casi celebratoria.
Todo me llenaba de felicidad.
Caminé junto a Ezequiel hacia la entrada principal, cada