La noche había caído con suavidad, como si el día no quisiera irse del todo. El aire olía a pasto recién regado y a flores nocturnas, esas que solo abren cuando el mundo baja el ritmo. Fiorela caminaba junto a Santiago sin hablar demasiado, pero tampoco necesitaba hacerlo. Había aprendido que con él el silencio no era incómodo; era un lugar seguro.
—¿Confías en mí? —preguntó Santiago de pronto, deteniéndose.
Fiorela levantó la vista. La luz de los faroles le dibujaba sombras suaves en el rostro