El teléfono vibró una vez más, lo justo para sacarlo del borde entre el recuerdo y el presente.
Ezequiel abrió los ojos con lentitud, como si temiera que el movimiento brusco rompiera algo frágil.
Leyó el mensaje.
Valentina:
Mientras esté en tu mente y en tu corazón, me basta.
El aire pareció detenerse.
No fue solo lo que decía, sino cómo lo decía. No había exigencia, ni reclamo, ni inseguridad escondida. Era una afirmación tranquila, profunda, de esas que no se dicen para retener a alguien, si