Sanar no fue perdonarlos. Eso lo entendí tarde. Sanar fue dejar de esperarlos. Ya que entendía que tuve los mejores padres: Mis abuelos.
Durante años Emilia pensó que la herida seguía abierta porque faltaba algo:
una disculpa, una explicación, un abrazo que nunca llegó. Pero esa noche, sentada sola en el cuarto de Fiorela, comprendió la verdad más incómoda:
La herida seguía doliendo porque yo seguía tocándola, tenía que sacarla, dejarla atrás, porque aunque ellos no estuvieron, aunque su vida n