Pasaron más de 10 años y el living–comedor estaba en calma.
No la calma de una casa vacía, sino la de una casa llena de historia.
Emilia estaba sentada en uno de los sillones, con una taza de té entre las manos. Observaba sin decir nada, como había aprendido con los años: escuchando más de lo que hablaba cuando se trataba de sus hijos.
Fiorela estaba derecha, elegante incluso sentada, con una libreta apoyada en las piernas. Siempre preparada. Siempre un paso adelante.
Ezequiel, en cambio, esta