El mensaje llegó a media tarde, sin remitente, solo una línea helada: “Restaurante MNL, 21:00. Acuda sola. Es por el bien de Lucas.”
Emilia supo al instante que no podía ignorarlo.
El restaurante estaba casi vacío, iluminado por candelabros que lanzaban destellos dorados sobre las paredes de madera oscura. En el reservado del fondo, tres figuras la esperaban: los padres de Lucas, impecables en sus trajes de gala, y un hombre de semblante pétreo que reconoció como el abogado de la familia Thober