Dos días después de mi «noche de liberación», como había decidido llamar a aquel desastre etílico, la realidad me golpeó con la sutileza de un camión de mudanzas. Mi nuevo apartamento seguía siendo un caos de cajas a medio abrir, pero mi vida universitaria estaba a punto de comenzar. El teléfono vibró en mi bolso justo cuando cruzaba la puerta principal del campus. Era Finn. Mi corazón dio un vuelco, no de amor precisamente, sino de pura culpa.«Gemma, amor, siento mucho no poder estar ahí todavía», decía el mensaje, que leí mientras caminaba con Maya, mi nueva amiga y, aparentemente, mi guía espiritual en este laberinto académico. «Tengo que terminar unos trabajos pendientes de la empresa antes de viajar para vernos. Te extraño, pronto estaremos juntos». Suspiré, guardando el móvil con la urgencia de quien intenta ocultar un cadáver. Finn era la definición de la estabilidad; yo, por otro lado, me sentía como un dibujo animado a punto de caer por un precipicio, solo que el precipicio
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