El silencio que siguió a la tormenta era denso, casi sólido. La oficina, que hacía unos minutos era un campo de batalla de deseos reprimidos, ahora se sentía como una sala de juntas donde el ambiente se había vuelto gélido. Nolan se había apartado y, con una calma que me resultó aterradora, comenzó a recoger sus prendas, recuperando poco a poco la máscara de autoridad que la pasión le había arrebatado. Se colocó la camisa y se abrochó los puños con una meticulosidad casi obsesiva. Yo, por mi parte, intentaba cubrirme, sintiendo que la ropa que me devolvía a la realidad era una armadura insuficiente para la humillación que me invadía.
Él no me miró hasta que estuvo completamente vestido, con la corbata ajustada y la expresión neutra de un hombre que se prepara para dictar una sentencia. Se sentó detrás de su escritorio y, tras un suspiro que sonó a cansancio, me señaló la silla frente a él. Sus ojos, antes llenos de una furia desesperada, ahora eran dos pozos de lógica implacable.
—Necesitamos establecer términos, Gemma —dijo, usando mi nombre como si fuera un contrato que estaba a punto de revisar—. Esto que acaba de ocurrir no puede volver a repetirse sin un marco definido. Ambos sabemos que esto es una locura: soy tu profesor, y tú eres una mujer comprometida. Si alguien llega a enterarse de lo que ha sucedido en esta oficina, no solo perderé mi cátedra, sino que tu reputación y tu vida tal como la conoces quedarán destruidas.
Asentí mecánicamente, sintiendo un vacío en el estómago. Sabía que tenía razón, pero escuchar cómo lo verbalizaba, cómo separaba nuestra unión del resto de la realidad, me dolió más de lo que habría admitido.
—Las reglas son simples —continuó, levantando un dedo para enfatizar cada punto—. Primero, la discreción es absoluta. Nadie, ni tus amigos ni nadie en el campus, puede saber que esto existe. Segundo, la seguridad es innegociable; siempre usaremos protección. No voy a permitir que un desliz de este tipo termine en una complicación que arruine dos carreras. Tercero, no quiero saber nada de tu prometido. No quiero nombres, no quiero detalles de tu vida con él, ni quiero que me lo menciones nunca. Ese es tu mundo, y este es el nuestro.
Me quedé helada. Sus palabras eran como cuchillos. Había una cuarta regla, una que me hizo tensar la mandíbula:
—Cuarto —añadió, con una voz que no admitía réplica—, no existe la exclusividad. Ni por mi parte, ni por la tuya. No me debes lealtad fuera de estas paredes, y yo no te la debo a ti. No aceptaré reclamos, ni escenas de celos, ni que me pidas explicaciones de lo que haga en mi vida privada. Si aceptamos esto, es bajo el entendimiento de que somos dos adultos operando en un terreno que carece de cualquier compromiso emocional.
Solté una sonrisa nerviosa, un gesto cargado de una amargura que no pude disimular. ¿De verdad creía que podía convertir lo que acabábamos de tener en un intercambio comercial tan aséptico? ¿De verdad pensaba que mi cuerpo y mi mente podían funcionar como una máquina de oficina, desconectándose al cruzar la puerta?
—Es muy elocuente, Nolan —dije, evitando llamarlo profesor por primera vez en aquel contexto—. Casi parece que estás redactando un convenio de responsabilidad civil.
Él no me devolvió la sonrisa. Sus ojos se endurecieron.
—No te confundas, Gemma. No espero que esto cambie nada en el aula. Si esperas que te dé preferencia, que te suba la nota por haber estado aquí o que te trate con suavidad cuando no sepas responder a una pregunta, estás muy equivocada. Mi criterio académico es inamovible. Lo que pase aquí no tiene incidencia en tu expediente.
Me quedé mirándolo. La frialdad con la que delineaba las fronteras de nuestra «relación» me golpeó con la fuerza de un huracán. ¿Era eso lo que él pensaba de mí? ¿Creía de verdad que yo me había entregado a él por una calificación, por una ventaja académica, por un poco de poder dentro de su clase?
—¿Es eso lo que crees? —le pregunté, sintiendo que mi voz temblaba, pero no de miedo, sino de una indignación que me encendía la sangre—. ¿Crees que me he dejado humillar, que he aguantado tus desplantes, que he terminado en tu sofá y que he soportado todo esto solo porque quiero aprobar tu maldita materia? ¿Me ves tan vacía, tan desesperada por un título que soy capaz de vender mi dignidad a cambio de una décima en un examen?
Nolan se quedó en silencio. Durante un lapso corto, pero eterno, me observó con una intensidad que no pude descifrar. Sus labios se entreabrieron, como si fuera a decir algo, como si la coraza se hubiera resquebrajado un milímetro. Pero no habló. Se mantuvo en silencio, quizás procesando la pregunta, quizás evaluando si el daño que me estaba haciendo era necesario para proteger su propia seguridad.
El silencio se alargó, pesado y asfixiante. La decepción fue un sabor amargo en mi boca. No necesitaba su respuesta; su duda —o su negativa a contradecirme— era suficiente. Me puse en pie con una agilidad que lo sorprendió. Empecé a recoger mis cosas, mi cuaderno, mis pertenencias esparcidas por la habitación, mis dedos moviéndose con una torpeza frenética. No le di una oportunidad para articular una sola sílaba más.
—Tienes razón, profesor —dije, alcanzando la puerta—. Las reglas están claras. Y la más importante es que esto no significa nada.
Sin esperar a que abriera la boca, giré sobre mis talones y salí del despacho. No miré atrás. Escuché su voz llamándome desde el interior, un murmullo distante que me pedía que regresara, pero no me detuve. Salí del edificio de derecho, sintiendo cómo el aire de la tarde me golpeaba el rostro. Tenía tres clases más ese día, materias vitales para mi formación, conferencias que no podía permitirme perder, pero ¿qué importaba eso ahora?
Sentí que si me quedaba un minuto más en ese campus, si tenía que volver a entrar en un aula, si tenía que volver a ver a Nolan West caminar hacia un estrado y pretender que nada había ocurrido, me rompería en pedazos. Caminé hacia el aparcamiento, busqué mis llaves y, sin importarme el resto de las clases, me subí a mi coche y arranqué.
Mientras conducía lejos de la universidad, con la imagen de Nolan sentado en su escritorio, impasible y calculador, me di cuenta de que el verdadero peligro no era nuestra relación, sino mi propia incapacidad para seguir jugando su juego. Él había puesto reglas para protegerme, pero también para encerrarme. Y yo, que siempre me había sentido capaz de controlar mi propio destino, me había entregado a un hombre que me veía como un caso de estudio, como una variable en su vida que debía ser gestionada, no sentida. La universidad se quedó atrás, pero el peso de sus palabras seguía conmigo, un contrato invisible que me asfixiaba a cada kilómetro que me alejaba de su control. Por primera vez desde que llegué a esta ciudad, me sentí verdaderamente perdida, no por la geografía, sino por la realidad de que, a pesar de sus reglas, yo ya había perdido la batalla más importante: la de no enamorarme de quien me había prohibido hacerlo.