Capítulo 9: El perfume del vacío

 

El trayecto a casa fue una neblina de luces de carretera y el sonido monótono de las llantas sobre el asfalto mojado. No recordaba haber conducido, ni haber evitado el tráfico, ni siquiera haber llegado a la puerta de mi apartamento. Solo tenía conciencia de un vacío insondable, una sensación de estar habitando un cuerpo que no me pertenecía, como si mi esencia se hubiera quedado atrapada en aquel sofá de cuero, bajo las manos de un hombre que, apenas una hora después, me había dictado las cláusulas de mi propia desolación.

Al entrar, el silencio del apartamento era opresivo, cargado con la presencia ausente de mi vida anterior. Me arrastré hacia el baño, sintiendo que cada paso era una batalla contra la gravedad. Abrí la ducha al máximo, dejando que el agua cayera con fuerza, una cortina líquida que esperaba que me devolviera la cordura. Me desnudé con dedos temblorosos, dejando caer la ropa al suelo como si estuviera contaminada.

El agua caliente golpeó mi piel, pero no sentía calor. Lo que buscaba era algo mucho más urgente: quería borrarlo. Quería restregarme la piel hasta que el aroma a sándalo y la esencia de Nolan West dejaran de formar parte de mi ser. Me froté con una intensidad casi violenta, usando el jabón hasta que mis brazos quedaron rojos, tratando de deshacerme de la marca invisible de sus manos, de la huella de sus labios, de esa electricidad que, a pesar de la distancia, todavía me recorría los nervios como veneno.

Y entonces, sin previo aviso, el llanto comenzó.

No fue un sollozo contenido. Fue una ruptura, un sonido gutural que desgarró el silencio del baño y se mezcló con el golpeteo del agua. Me deslicé por la pared de la ducha hasta quedar sentada, con las rodillas contra el pecho, dejando que el agua se llevara mis lágrimas al desagüe. No entendía por qué lloraba. ¿Era por la humillación? ¿Era por la rabia de haber aceptado sus reglas? ¿Era por el contrato invisible que acababa de firmar con mi propia perdición?

Lloraba porque, por primera vez, la imagen de mi futuro se había vuelto borrosa. Lloraba porque el "yo" que había llegado a esta ciudad, la mujer que tenía planes, una carrera y un prometido que la esperaba, se había desvanecido en el aire de aquella oficina. Lloraba porque sabía que, aunque Nolan me hubiera dicho que no significaba nada, esa noche había cambiado algo fundamental en mi estructura molecular. Me había deshecho y ahora, bajo el agua tibia que no lograba calentarme, me di cuenta de que no sabía cómo volver a juntar las piezas.

De repente, el sonido del teléfono vibrando en la encimera del lavabo cortó mi crisis. El zumbido constante contra la madera era un recordatorio implacable de mi realidad. Me sequé a toda prisa, envolviéndome en una toalla mientras el corazón me golpeaba las costillas con la fuerza de un martillo. Era Finn.

Tomé el teléfono. Suspiré profundamente, cerrando los ojos para estabilizar mi voz, para invocar a la Gemma que él conocía, a la mujer que merecía ese anillo.

—¿Hola? —dije, intentando sonar natural, pero el quiebre en mi garganta me traicionó.

—¡Gemma! Amor, qué alegría escucharte. ¿Cómo estás? —la voz de Finn sonó llena de luz, de planes, de una confianza tan pura que me hizo sentir náuseas—. He estado pensando en ti todo el día. He logrado adelantar el cierre del contrato. ¿Puedes creerlo? Si todo sale bien, estaré allí en menos de dos semanas.

—Es... es una noticia maravillosa, Finn —respondí, caminando hacia la ventana para mirar las luces de la ciudad, esas luces que ahora me parecían distantes y ajenas—. De verdad.

—Te noto rara, amor. ¿Ha pasado algo? ¿Cómo te va en la universidad? ¿El profesor ese del que me hablabas, West, te está dando problemas?

Su pregunta me golpeó como un disparo. El nombre de Nolan, pronunciado por la persona a la que estaba traicionando, me hizo sentir como si estuviera cometiendo un sacrilegio.

—No, no, todo bien —mentí, sintiendo cómo las lágrimas, que apenas había secado, volvían a arder—. Solo ha sido un día largo. Muchos casos, mucha teoría. Ya sabes cómo es el inicio del semestre.

—Lo sé, lo sé. Pero recuerda que no tienes por qué cargarlo todo tú sola. Te extraño, Gemma. Te extraño cada minuto. A veces me despierto y siento que ya estás aquí conmigo, pero luego me doy cuenta de que falta un poco más.

Sus palabras de amor fueron como sal sobre una herida abierta. Me habló de los colores que quería para las cortinas de nuestra futura casa, de cómo había visto un juego de platos que le recordó a nosotros, de su impaciencia por volver a casa y envolverme en sus brazos. Cada frase, cada gramo de su fe en mí, era un recordatorio de la abismo en el que me había caído.

—Yo también te extraño, Finn —dije, y por un segundo, quise creerlo. Quise creer que era la mujer que él pensaba que era, pero mi mente volvió al sofá de cuero, a la oficina cerrada bajo llave y a la frialdad de Nolan imponiéndome reglas que, en el fondo, me habían hecho sentir más viva de lo que nunca me había sentido con él.

—Bueno, no te robo más tiempo. Sé que tienes que estudiar. Te llamaré mañana, ¿de acuerdo? Te amo, Gemma.

—Te amo —respondí, soltando el aire contenido en mis pulmones.

Cuando colgó, dejé caer el teléfono sobre el sofá. El silencio del apartamento regresó, pero esta vez era diferente. Ya no era un silencio vacío; era un silencio cargado de culpa. Me sentí más sucia que antes de entrar en la ducha. El aroma de Nolan parecía haberse desvanecido de mi piel, pero su esencia se había quedado pegada a mi conciencia, una mancha que ninguna cantidad de agua podría limpiar.

La culpa no era un sentimiento pasajero; era una entidad que se había sentado conmigo en el salón. Me recordaba, con cada latido, que había permitido que mi vida fuera secuestrada por un hombre que ni siquiera me respetaba lo suficiente como para llamarlo «relación». Había aceptado la humillación, había aceptado el desdén y había aceptado la mentira de que no había exclusividad, cuando en realidad me sentía más exclusiva que nunca, atrapada en un juego donde Nolan era el único que dictaba los movimientos.

Me senté en el suelo del salón, rodeada de las cajas de mudanza que aún no había abierto, sintiéndome como una intrusa en mi propia vida. Había intentado escapar de la realidad escondiéndome en el trabajo, en los estudios, en la imagen de alumna perfecta, pero ahora todo se estaba desmoronando. La culpa estaba allí, agazapada, susurrándome que el anillo en mi dedo era una farsa, que mis sentimientos por Finn eran un eco de un pasado que ya no reconocía, y que la única verdad, por dolorosa y destructiva que fuera, era que estaba esperando que Nolan volviera a aparecer, aunque fuera solo para humillarme de nuevo.

¿Cómo iba a mirar a Finn a los ojos dentro de dos semanas? ¿Cómo iba a pasar mis días en la universidad intentando aprender leyes de la mano de un hombre que me había desnudado tanto física como moralmente? No había respuestas. Solo había la culpa, el peso de una mentira que apenas estaba comenzando a crecer, y la certeza aterradora de que, a pesar de todo, si Nolan West me llamara en este preciso instante, si me pidiera que volviera a su oficina para volver a sentir el caos, lo haría sin pensarlo dos veces. Y ese pensamiento, esa revelación final, fue lo que realmente me quebró, dejándome allí, en la oscuridad, con el teléfono como único testigo de mi caída.

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