La semana había transcurrido como una tortura a cámara lenta. Cada mañana, cruzaba el umbral del aula 304 con el estómago hecho un nudo de nervios, esperando que, en algún momento, Nolan West rompiera la máscara de profesionalismo absoluto que se había colocado. Pero no. Durante tres días seguidos, fui invisible. O, peor aún, era simplemente la «Señorita Brooks», un número más en su lista de asistencia, un ente que tomaba notas y asentía con la cabeza mientras él destilaba conocimientos legales con una frialdad que me congelaba los huesos.
Aquel jueves, sin embargo, el destino decidió que la normalidad era demasiado aburrida. Me había preparado a conciencia. Repasé los apuntes, leí los casos de jurisprudencia sugeridos y me aseguré de dominar el tema del día:
La responsabilidad civil en casos de negligencia profesional. Yo siempre había sido una alumna destacada, una de esas personas que disfrutan con el desafío intelectual, y por un momento, me convencí de que si demostraba mi valía en su terreno —el académico—, tal vez él se vería obligado a reconocer que había una persona real detrás de la estudiante.
El aula estaba en silencio, ese silencio espeso y cargado que Nolan provocaba con solo entrar. Se movía por el estrado como un depredador en su territorio. Tenía las mangas de la camisa arremangadas, dejando ver antebrazos fuertes que me obligaron a apartar la mirada con urgencia.
—La negligencia no es un accidente, es un fallo en el sistema de expectativas —dijo él, deteniéndose justo frente a mi fila—. La ley no juzga las intenciones, señorita Brooks. Juzga los hechos. ¿Podría explicarnos por qué, bajo el artículo 1.185 del Código Civil, su argumentación en el caso propuesto ayer sería rechazada de plano por un juez competente?
Sentí un escalofrío. Me llamó por mi apellido, como siempre, con esa voz que no contenía ni un gramo de recuerdo de nuestra noche juntos. Me puse en pie, obligándome a mantener la calma, aunque mis dedos temblaban contra el borde de la mesa.
—Considerando el nexo de causalidad directa entre la acción y el daño, la negligencia queda establecida por el incumplimiento del deber de cuidado —respondí, con la seguridad de quien sabe que tiene razón—. Si el profesional actúa por debajo del estándar exigido por su gremio, la responsabilidad debe ser imputada, sin importar si hubo o no una intención dolosa.
Nolan me observó en silencio. Hubo un segundo, solo un segundo, en el que sus ojos azules se fijaron en los míos y me pareció ver un destello de algo parecido a la ironía. Luego, soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos.
—Interesante —dijo, caminando lentamente hacia la pizarra—. Lástima que su argumentación esté fundamentalmente errada.
El aula entera contuvo el aliento. Sentí que el calor me subía por el cuello, tiñendo mi rostro de un rojo intenso.
—Disculpe, profesor —dije, sintiendo cómo el orgullo me impulsaba a debatir—. He consultado los precedentes de la Sala de Casación y mi postura se ajusta a la interpretación mayoritaria sobre el deber de diligencia...
—La jurisprudencia no es una receta de cocina, señorita Brooks —me interrumpió él, acercándose tanto que su sombra me envolvió—. No se trata de qué libro ha leído, sino de cómo interpreta la realidad de los hechos en un contexto donde el riesgo es inherente. Usted está analizando el caso desde una torre de marfil, ignorando las excepciones que invalidan su premisa. Su razonamiento es tibio. Y en un juzgado, lo tibio es sinónimo de fracaso.
Comenzamos un debate acalorado. Yo no me rendí. Argumenté, cité artículos, contraataqué con ejemplos y defendí mi postura con la pasión que siempre me había caracterizado en mis años de estudio. Él, sin embargo, desmantelaba cada uno de mis puntos con una facilidad aterradora, usando un sarcasmo punzante que me hacía sentir pequeña, desorientada y profundamente frustrada. No me estaba evaluando; me estaba destrozando. Y lo peor de todo era la forma en que lo hacía: con una frialdad clínica, como si estuviera diseccionando un espécimen bajo un microscopio.
Al final, me senté, derrotada y con el ego hecho trizas. No era solo que me hubiera ganado el debate, era que me había hecho parecer una principiante frente a toda la clase.
—El derecho no se trata de quién habla más alto o quién memoriza mejor los artículos —concluyó él, cerrando su maletín con un golpe seco que resonó en el silencio del aula—. Se trata de la capacidad de comprender que, a veces, la ley es un terreno donde sus ideales de justicia se estrellan contra la cruda realidad de la impericia humana.
Se dio la vuelta, apoyándose en el borde del estrado, y recorrió con la mirada a todos los alumnos, que nos habíamos quedado paralizados en nuestros asientos.
—Les diré algo que algunos parecen haber olvidado en este nivel —dijo, con un tono bajo pero cargado de una autoridad que me hizo estremecer—. El mundo legal no tiene espacio para la fragilidad. Si alguien en esta sala cree que puede permitirse el lujo de confundir la teoría con la práctica, o si alguien siente que el debate riguroso es una afrenta a su orgullo personal, les sugiero encarecidamente que cambien de carrera ahora mismo.
Me miró directamente a mí, y por un instante, su mirada fue tan intensa que olvidé cómo respirar.
—Si no pueden soportar una clase, si no pueden soportar que alguien desmonte sus argumentos con lógica y sin concesiones, ¿qué esperan encontrar en un juzgado? —continuó, recorriendo el aula con la mirada—. Allí nadie será amable con ustedes. Sus oponentes no buscarán debatir; buscarán destruirlos. Si la presión de esta sala les resulta inaceptable, imaginen lo que será enfrentarse a un proceso donde la libertad o el patrimonio de una persona depende de su capacidad para mantenerse en pie cuando todo lo que han dicho es declarado insuficiente.
El ambiente era irrespirable.
—La abogacía no es para todos —sentenció, guardando sus últimas notas—. Es una profesión de una exigencia extrema. Si consideran que su integridad personal es demasiado frágil para un entorno donde la verdad es un campo de batalla, considérenlo bien. Porque lo que verán en mis clases es apenas un reflejo de lo que encontrarán afuera.
Dicho esto, Nolan recogió su maletín y salió del aula sin mirar atrás, dejándonos a todos en un silencio sepulcral.
Maya me dio un codazo suave, con una expresión de pura compasión.
—Oye, no te lo tomes a mal —susurró—. Es un imbécil, pero tiene razón en lo que dice sobre el mundo real. No te dejes intimidar por su actitud.
¿Cómo explicarle a Maya que no era la intimidación lo que me tenía al borde del llanto, sino la brutalidad con la que Nolan West había borrado nuestra noche de la existencia? Él me estaba humillando profesionalmente, me estaba obligando a enfrentarme a mis propias carencias, y lo hacía con una destreza que me dejaba claro que no tenía intención de darme ni un ápice de trato preferente. De hecho, me estaba dando un trato especial: el de un oponente que debía ser aniquilado en su arena académica.
Mientras salía del aula, con el cuaderno apretado contra el pecho como si fuera un escudo, me detuve un segundo frente a la puerta cerrada. Nolan West era un maestro de la negación. Había pasado toda la hora hablando de responsabilidad, de asumir las consecuencias de nuestros actos y de la falta de espacio para los errores, todo mientras él mismo mantenía una mentira que amenazaba con destruirnos a ambos.
Caminé hacia el campus pensando en las palabras de mi madre sobre la boda, en la sonrisa de Finn cuando me llamaba, y en el desprecio frío que Nolan me había dedicado hace apenas unos minutos. La humillación en el aula no había sido un castigo por mi incompetencia; había sido un recordatorio de que él estaba al mando. Él definía las reglas, él dictaba la verdad y, sobre todo, él era el único que podía decidir si lo que vivimos en aquel hotel alguna vez sucedió. Y por lo que parecía, en el mundo de Nolan West, esa noche nunca existió. Me prometí que la próxima vez no cometería el error de tratar de llegar a él desde la razón. Si quería jugar, aprendería sus reglas, aunque tuviera que quemarme en el proceso. La guerra contra el profesor West no había hecho más que empezar.