Capítulo 6: El umbral del abismo

El aula 304 se había convertido en mi purgatorio personal. Mientras Nolan West hablaba sobre las complejidades de los contratos mercantiles, mi mente vagaba por un territorio mucho más peligroso. Estaba sentada en la segunda fila, pero mi conciencia estaba a kilómetros de distancia, perdida en la culpabilidad que me carcomía. Cada vez que miraba el anillo en mi dedo, el peso de la traición se sentía más real. No era solo el hecho de que Finn estuviera lejos, confiando en una lealtad que yo había hecho añicos en una sola noche; era la forma en que Nolan me miraba —o, mejor dicho, la forma en que se negaba a mirarme— lo que me estaba fracturando por dentro.

Él estaba allí, imponente, con su voz firme dictando cátedra, actuando como si el hombre que me había llevado a casa bajo la lluvia y me había mirado con esa furia contenida no existiera. Yo, mientras tanto, apenas podía anotar un par de palabras en mi cuaderno. Estaba «ida», consumida por el remordimiento y por una tensión sexual tan cruda que, a veces, me preguntaba si los demás alumnos no podían percibirla emanando de nosotros como calor.

—Señorita Brooks, ¿podría explicarnos la diferencia sustancial entre una cláusula penal y una garantía? —preguntó Nolan de repente, interrumpiendo mis pensamientos. Su voz no era amable, pero había un matiz de impaciencia que no estaba allí ayer.

Parpadeé, volviendo a la realidad con un sobresalto que hizo que mis compañeros se rieran.

—Lo siento, profesor... no he prestado atención —murmuré, sintiendo cómo el rubor se extendía por mis mejillas.

Él se quedó en silencio, observándome durante unos segundos que parecieron eternos. Sus ojos, fríos y analíticos, no buscaron mi compasión, sino mi incompetencia.

—Su falta de concentración es un insulto para el tiempo de sus compañeros, señorita Brooks. Le sugiero que dedique sus energías a algo que no sea su propia autocompasión —dijo, antes de seguir con su lección como si yo no significara nada.

Al terminar la clase, salí huyendo. Necesitaba aire, espacio, cualquier cosa que no fuera el aroma a sándalo y autoridad que impregnaba el aula. Pero el destino, al parecer, tenía un sentido del humor retorcido. Mientras caminaba por un pasillo lateral hacia el edificio de administración, el grupo de chicos que me había increpado el día anterior volvió a aparecer. Esta vez, sin embargo, no estaban bromeando.

—Vaya, vaya. La protegida del profesor West parece que ha tenido un mal día —dijo el mismo chico de la otra vez, bloqueándome el paso—. ¿Te ha regañado mucho tu profesor favorito?

—Déjenme en paz —respondí, intentando pasar por un lado, pero me empujaron suavemente hacia atrás.

Me encontré acorralada contra una esquina del pasillo, lejos de las zonas concurridas del campus. El pánico empezó a subir por mi garganta. Estaban invadiendo mi espacio personal con una agresividad que me heló la sangre.

—Sabes, se rumorea que West no es tan santo como parece —dijo uno de ellos, acercándose demasiado—. Quizás si nos cuentas qué haces realmente en su oficina, podríamos dejar de molestarte.

—¡Dije que se alejaran! —grité, pero uno de ellos me acorraló contra la pared, su brazo bloqueando mi única salida.

—¿Qué pasa, Gemma? ¿Tienes miedo? —se burló.

Justo cuando sentí que iba a perder los nervios, una sombra se proyectó sobre nosotros. La temperatura en el pasillo pareció caer diez grados. La voz de Nolan apareció, cortando el aire como un látigo de acero.

—¿Algún problema aquí, caballeros?

Los chicos dieron un salto hacia atrás, alejándose de mí como si hubiera electricidad en las paredes. Nolan estaba allí, parado al final del pasillo, con las manos en los bolsillos y una expresión de furia tan pura que me dejó paralizada. No estaba dando clases; era un hombre protegiendo un territorio que, claramente, consideraba suyo.

—N-no, profesor West. Solo... solo estábamos hablando con la señorita Brooks —tartamudeó el que me estaba acorralando.

—Hablando —repitió Nolan, con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Pues sus conversaciones parecen haber terminado. Vayan a sus clases. Ahora. Y si vuelvo a verlos cerca de la señorita Brooks, no será una advertencia lo que reciban, sino un expediente disciplinario directo ante el consejo universitario.

Los chicos salieron corriendo sin mirar atrás. Me quedé apoyada contra la pared, tratando de recuperar el aliento. Nolan caminó hacia mí, sus pasos lentos y pesados. Cuando estuvo a menos de un metro, su rostro era una máscara de absoluta furia.

—A mi oficina —ordenó, su voz un susurro que sonaba a trueno—. Ahora.

La oficina estaba en silencio, más allá del tictac del reloj en la pared. Él cerró la puerta con llave y caminó hacia su escritorio, pero no se sentó. Se dio la vuelta para enfrentarme, sus ojos azules ardiendo de una forma que nunca había visto en clase.

—¿Es esto lo que quieres? —me preguntó, su voz cargada de una frustración que parecía salir de sus entrañas—. ¿Ir por el campus provocando situaciones de las que no puedes salir? ¿Acaso eres tan incapaz de cuidarte que necesito estar presente en cada pasillo para asegurarme de que no te destruyas?

—¡Yo no busqué esto! —repliqué, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a picarme los ojos—. ¿Crees que me gusta estar en esta posición? ¿Crees que me gusta ser el blanco de todas las burlas y tener que lidiar con idiotas que no saben respetar un espacio personal? ¡Tú eres quien me ha puesto en esta situación, West! ¡Desde el momento en que me humillaste en clase, todos sienten que tienen derecho a atacarme!

Nolan dio un paso hacia mí, su presencia era tan abrumadora que tuve que retroceder hasta chocar con el escritorio. Estaba visiblemente molesto, sus músculos estaban tensos, su mandíbula apretada hasta casi romperse.

—Te puse a prueba porque pensé que tenías el carácter para soportarlo —dijo, acercándose aún más—. Pero cada vez que te miro, veo a una niña jugando con una vida que no entiende. Estás comprometida, Gemma. Estás a punto de casarte con un hombre que, según tú, es perfecto. ¿Y qué haces? ¿Vienes a mi aula a buscar qué? ¿Acaso buscas que te castigue?

—Busco que me trates como a una persona —grité, dándole un empujón en el pecho. Él ni siquiera se inmutó; su cuerpo era como una roca ante mi pequeña fuerza—. ¡Busco que dejes de actuar como si lo que pasó entre nosotros fuera un error que intentas borrar de la historia!

—¡Porque es un error! —rugió él, atrapando mis muñecas y sujetándolas con fuerza contra el escritorio—. ¡Fue un error que casi destruye la poca cordura que me quedaba!

El silencio que siguió fue insoportable. Él me sostenía, su respiración agitada chocando contra la mía. Estaba tan cerca que podía sentir el latido acelerado de su corazón contra mi cuerpo. Mi furia, la culpabilidad que había arrastrado todo el día y la humillación se mezclaron en una sola emoción: una necesidad desesperada de que él dejara de negar lo que ambos sabíamos.

—Entonces, ¿por qué no me dejas en paz? —susurré, mis ojos fijos en los suyos, implorándole que se detuviera o que terminara con esto de una vez.

Nolan me miró, y por un momento, la máscara de frialdad se rompió por completo. Vi dolor, vi deseo y vi una lucha interna tan violenta que me quedé sin aliento. Sus dedos se soltaron de mis muñecas para subir lentamente, acariciando mi rostro con una suavidad que me hizo estremecer. No pude decir nada más. La tensión, que se había acumulado durante días, días de negación, de miradas frías y de humillaciones, explotó en un segundo.

Se inclinó hacia mí, acortando la distancia que nos separaba. No hubo preguntas, no hubo más discusiones. Cuando sus labios finalmente se encontraron con los míos, no fue un beso tierno; fue una colisión. Fue un beso cargado de toda la frustración, de todo el deseo prohibido y de todo el caos que él representaba en mi vida. Él me atrajo hacia sí, su mano perdiéndose en mi cabello mientras el otro brazo me rodeaba la cintura, acercándome tanto que no quedó espacio entre nosotros.

Fue una respuesta a todo lo que no habíamos dicho. Fue un beso que reclamaba, que exigía y que, sobre todo, no pedía perdón por lo que estábamos a punto de hacer. El despacho de Nolan, con sus leyes y sus reglamentos, se desvaneció, convirtiéndose en el único lugar del mundo donde las reglas no importaban. La culpabilidad, el compromiso con Finn, la humillación en el aula... todo quedó fuera de esa puerta cerrada. En ese momento, en la oficina del profesor más temido de la universidad, solo estábamos dos personas que se odiaban y se deseaban con una intensidad que amenazaba con consumirlos por completo. Y mientras él me besaba, con una urgencia que me dejaba sin aire, supe que no había vuelta atrás. La guerra académica había terminado, y la verdadera batalla —la que teníamos contra nuestros propios impulsos— acababa de empezar.

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