El sol de la mañana en el campus de la Escuela de Derecho no tenía nada de benevolente. La luz se filtraba a través de los árboles, proyectando sombras alargadas que, a mis ojos, parecían barrotes de una celda. Caminaba junto a Maya, cuya voz se escuchaba como un murmullo lejano, casi ininteligible. Ella hablaba sobre el examen de contratos y los rumores sobre las nuevas políticas del consejo universitario, pero mi cerebro había desarrollado un mecanismo de defensa: el aislamiento total.
—...y dicen que el departamento está bajo mucha presión, ¿me escuchas, Gemma? —preguntó Maya, dándome un pequeño empujón en el hombro.
—Sí, claro. Lo siento, no he dormido bien —respondí, forzando una sonrisa que probablemente se vio más como una mueca.
Caminábamos por el pasillo principal hacia el bloque B. El destino, con esa crueldad que se había vuelto su sello distintivo en mi vida, nos obligó a pasar frente a la oficina de Nolan West. Mis pies se sintieron pesados, como si el suelo estuviera intentando absorberme. Justo cuando llegábamos a la altura de su puerta, esta se abrió con un movimiento fluido.
La profesora Elena Vance, una mujer brillante, elegante y siempre impecable en el departamento de Derecho Procesal, salió justo detrás de él. Mi corazón dio un vuelco, no por un ataque repentino de celos, sino por la bofetada visual que la realidad me propinó. Elena caminaba con una confianza inusual, pero lo que me detuvo en seco fue el detalle que el resto del pasillo no pareció notar, pero que mis ojos, entrenados para el escrutinio, detectaron al instante: el labial rosa suave de la profesora estaba ligeramente corrido en la comisura inferior de sus labios, una mancha sutil pero indiscutible.
Nolan, por su parte, tenía la cabeza girada hacia ella, escuchando un comentario que ella le susurraba con complicidad. Cuando él se giró para observar el pasillo y nuestras miradas se cruzaron por un segundo, mi aliento se cortó. A pesar de que su camisa estaba impecablemente abotonada, la luz lateral dejó al descubierto, en la zona alta de su cuello, una marca roja, un rastro tenue pero inequívoco de una succión reciente.
La sangre me abandonó la cara. Sentí un frío glacial recorriéndome la columna, una parálisis que me impedía articular palabra. Maya, ajena a todo, siguió hablando, saludando a Nolan con un gesto casual mientras continuábamos caminando.
—Buenos días, profesor West —dijo Maya con su habitual tono jovial.
Nolan apenas asintió, sus ojos azules pasando por encima de mí como si fuera parte del mobiliario, un objeto inerte más en el pasillo. No hubo reconocimiento, ni un destello de culpa, ni siquiera esa pizca de frialdad que solía dedicarme. Solo había indiferencia.
No dije nada. No hice una escena, no sentí el impulso de gritar, ni siquiera de detener su camino. Simplemente caminé. Mis pasos se volvieron automáticos, rítmicos, despojados de cualquier emoción que no fuera esta náusea persistente. Maya me miró extrañada por mi silencio repentino, pero no insistió.
Llegamos al aula de clase y me senté en mi lugar de siempre, en la segunda fila. El ambiente era el de un caldero a punto de hervir. Mis compañeros comentaban la lección, intercambiaban opiniones sobre el caso práctico de la semana, pero yo me limité a sacar mi cuaderno y mi pluma. Me enfoqué en la textura del papel, en la punta de la pluma, en la forma en que las letras se alineaban sobre el renglón. Estaba construyendo un muro.
Minutos después, Nolan entró. Su presencia, que antes me provocaba un torrente de adrenalina, ahora me causaba una reacción física de rechazo. Se movió con su elegancia habitual, dejando su maletín sobre el escritorio. Cuando pasó por mi lado, pude captar el aroma a sándalo —el mismo que se me había quedado pegado a la piel la noche anterior—, pero ahora estaba mezclado con un perfume floral, un aroma suave y dulce que definitivamente no era el mío.
La clase comenzó. Nolan, como siempre, dominaba el espacio con una retórica envidiable.
—Hoy analizaremos la validez de la intención en los contratos mercantiles —dijo, recorriendo el aula con la mirada.
Normalmente, yo habría sido la primera en levantar la mano. Me encantaba desafiar sus premisas, buscar los huecos en sus argumentos. Pero hoy, cuando él lanzó la primera pregunta al aire, me mantuve en silencio. Cuando mis compañeros empezaron a participar, a debatir y a buscar su aprobación, yo no abrí la boca.
Me limité a tomar apuntes. Escribía cada palabra que decía, no para aprender, sino para mantenerme ocupada, para evitar tener que mirarlo a la cara. Mi letra era firme, mecánica, desprovista de cualquier entusiasmo. Mis oídos escuchaban sus palabras, pero mi mente estaba lejos, en la oficina de la profesora Vance, analizando la probabilidad de que todo lo que él me había dicho sobre las «reglas» no fuera más que un libreto ensayado para justificar su promiscuidad.
—¿Señorita Brooks? —La voz de Nolan me obligó a levantar la vista.
El aula entera quedó en silencio. Todos los ojos se posaron sobre mí. La pregunta que me hizo era compleja, una trampa diseñada para poner a prueba mi comprensión de la doctrina. Era el tipo de pregunta que solía disfrutar.
Me quedé allí, sentada, sosteniendo la pluma con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Lo miré. No con la chispa desafiante de otros días, sino con una mirada vacía, desprovista de cualquier intención.
—No tengo una opinión al respecto, profesor —dije, y mi voz sonó plana, sin rastro de la frustración que me estaba consumiendo por dentro.
Él arqueó una ceja, sorprendido por mi falta de respuesta. Una chispa de algo, ¿tal vez irritación?, brilló en sus ojos.
—¿Alguna razón para ese silencio, señorita? —insistió, caminando lentamente hacia mi pupitre.
—Solo estoy escuchando —respondí, volviendo a bajar la mirada a mi cuaderno.
Él se quedó ahí, justo frente a mí, durante lo que pareció una eternidad. Podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión que irradiaba, pero me negué a ceder. Me negué a darle la satisfacción de ver mi dolor, de ver la herida que su comportamiento me había dejado. Finalmente, él dio media vuelta y volvió a su escritorio, pero el tono de su clase cambió. Se volvió más rígido, más formal, como si mi silencio lo hubiera descolocado de una manera que no sabía gestionar.
El resto de la hora pasó entre el sonido del reloj y el raspado de los bolígrafos sobre el papel. Yo no volví a participar. Ni siquiera cuando un compañero a mi lado intentó que me uniera a la discusión, me digné a responder. Estaba protegida por el caparazón de mi propia indiferencia.
Cuando la campana anunció el fin de la clase, todos empezaron a recoger sus cosas con ese alivio típico de quien sobrevive a una sesión intensa. Nolan se quedó tras el escritorio, recogiendo sus documentos con movimientos lentos. Fui una de las últimas en salir. Mientras caminaba hacia la puerta, pude sentir su mirada clavada en mi espalda, un peso invisible que intentaba atravesar mi capa de hielo.
No me detuve. No le di una última mirada, ni una señal de que me había visto con Elena, ni una pista de que el silencio era mi forma de decir que el contrato de las sombras se había vuelto insoportable. Salí al pasillo, donde el aire estaba lleno de ruido y de gente, y por primera vez en toda la mañana, respiré. El juego había cambiado. Ya no éramos él, el profesor, y yo, la alumna comprometida. Ahora éramos dos extraños que compartían un secreto sucio, y yo había decidido que, si la discreción era su regla de oro, yo la llevaría al extremo. El silencio sería mi nueva arma, y él no tendría forma de saber si era por sumisión, por desprecio o porque, en algún lugar entre su oficina y el pasillo, finalmente había dejado de importarme.