Capítulo 2: El choque académico

 

Dos días después de mi «noche de liberación», como había decidido llamar a aquel desastre etílico, la realidad me golpeó con la sutileza de un camión de mudanzas. Mi nuevo apartamento seguía siendo un caos de cajas a medio abrir, pero mi vida universitaria estaba a punto de comenzar. El teléfono vibró en mi bolso justo cuando cruzaba la puerta principal del campus. Era Finn. Mi corazón dio un vuelco, no de amor precisamente, sino de pura culpa.

«Gemma, amor, siento mucho no poder estar ahí todavía», decía el mensaje, que leí mientras caminaba con Maya, mi nueva amiga y, aparentemente, mi guía espiritual en este laberinto académico. «Tengo que terminar unos trabajos pendientes de la empresa antes de viajar para vernos. Te extraño, pronto estaremos juntos». Suspiré, guardando el móvil con la urgencia de quien intenta ocultar un cadáver. Finn era la definición de la estabilidad; yo, por otro lado, me sentía como un dibujo animado a punto de caer por un precipicio, solo que el precipicio tenía forma de facultad de derecho.

—¿Todo bien con el prometido perfecto? —preguntó Maya, dando un salto para evitar un charco con una agilidad que yo, en mi estado de zombi post-noche-loca, claramente no poseía.

—Sí, claro, solo trabajo —respondí, intentando que mi voz sonara convincente—. Es... muy trabajador.

—Eso espero, porque si me voy a mudar a una nueva ciudad para esperar a un hombre que siempre está «terminando trabajos», más vale que el tipo sea millonario o que tenga la paciencia de un santo —dijo ella, soltando una risotada.

Reí con ella, pero mi mente estaba en otro lado. Estaba en la idea de que, al menos, la universidad era un entorno controlado. Un lugar de ciencia, leyes y, sobre todo, de gente seria. ¿Qué podría salir mal en un aula llena de futuros abogados? Maya no paraba de hablar sobre la reputación del profesor de derecho avanzado, un tal West. Según ella, era una leyenda viviente, un tipo con un cerebro brillante y una actitud que hacía que hasta las piedras del campus se enderezaran al verlo pasar.

—Dicen que no deja pasar ni una —continuó Maya mientras buscábamos el aula 304—. Si llegas tarde, te ignora. Si hablas, te ignora. Si eres brillante, igual te mira por encima del hombro. Es el tipo de hombre que probablemente nació con una corbata puesta y que desayuna café negro y reglamentos universitarios.

Llegamos al aula, que estaba llena a rebosar. Conseguimos dos asientos en la segunda fila, justo a tiempo. Me senté, puse mi cuaderno sobre la mesa y abrí un bolígrafo, dispuesta a ser la alumna modelo que mi madre siempre había soñado que fuera. El murmullo del aula se detuvo de golpe. Un silencio sepulcral se apoderó del lugar, del tipo que solo ocurre cuando entra alguien que realmente tiene poder, o cuando alguien está a punto de anunciar que el fin del mundo ha llegado.

Levanté la vista, lista para ver a un anciano con gafas de media luna y olor a naftalina. Pero no.

El hombre que entró por la puerta no era ningún anciano. Era el mismo sujeto que dos noches antes me había robado el aliento, el sueño y cualquier rastro de decencia que me quedaba en el cuerpo. Llevaba el mismo traje oscuro, perfectamente cortado, que recordaba vagamente haber visto tirado en el suelo de una habitación de hotel. Se movió hacia el estrado con una elegancia depredadora, dejando su maletín sobre la mesa con una precisión quirúrgica.

Mi cerebro, que hasta ese momento funcionaba a una velocidad aceptable, decidió entrar en modo huelga general. Intenté levantar el cuaderno para cubrirme la cara, pero mis manos, traidoras y temblorosas, decidieron que era el momento perfecto para una demostración de gravedad aplicada. El cuaderno se resbaló, golpeó el borde de la mesa con un ruido seco que resonó en todo el salón, y salió despedido por el aire, aterrizando finalmente con un estrépito espectacular a los pies del estrado.

El silencio que siguió fue más pesado que el anterior. El profesor West se detuvo. Giró lentamente sobre sus talones. Y entonces, nuestras miradas se cruzaron.

Dios mío, pensé. Que se abra la tierra y me trague. Que un meteorito caiga sobre esta universidad ahora mismo.

Sus ojos, de un azul gélido y penetrante, recorrieron la distancia entre el estrado y mi asiento, deteniéndose en mí durante un segundo que pareció durar una eternidad. Mi alma abandonó mi cuerpo y se fue a esconder detrás de una máquina de café en otro edificio. Esperaba el grito, la expulsión, el momento en que me señalara y gritara «¡Tú! ¡La chica del hotel!».

Pero no. Nolan West ni siquiera parpadeó.

Su expresión no cambió un ápice. Mantuvo esa máscara de frialdad clínica que, supuse, era la que usaba para dar clases. Con una calma absoluta, se inclinó, recogió mi cuaderno del suelo, lo dejó sobre el borde del estrado y volvió a mirarme, esta vez con una indiferencia tan bien actuada que casi me lo creí.

—Bienvenida a la clase, señorita —dijo, con una voz suave pero carente de cualquier calor humano—. Le sugiero que para la próxima sesión tenga más cuidado con sus pertenencias. Este es un entorno de estudio, no una zona de juegos.

Se giró de nuevo hacia la pizarra y comenzó a escribir el programa de la materia como si nada hubiera ocurrido. Yo, petrificada, sentada en mi asiento con el rostro ardiendo y el corazón a mil por hora, apenas pude balbucear un «lo siento» que ni siquiera él pareció escuchar.

Maya, a mi lado, me dio un codazo que casi me tira del asiento.

—¡Es increíble! —susurró, con los ojos brillando de admiración—. ¿Viste eso? Ni siquiera se molestó en humillarte públicamente. Tienes suerte de que sea tan profesional.

¿Suerte? ¿Profesional? Si supiera que ese «profesional» había estado desabrochando mi vestido cuarenta y ocho horas antes, probablemente estaría ahora mismo en una crisis de nervios. O quizás, simplemente, no podría creer que la vida pudiera ser tan retorcida.

El resto de la clase fue una tortura. Nolan dictaba su cátedra con una precisión obsesiva. Hablaba de contratos, de cláusulas de exclusividad y de deberes legales, y cada vez que pronunciaba una palabra, yo sentía que se estaba burlando de mí en secreto. Lo observaba de reojo, tratando de encontrar alguna grieta en su fachada, algún indicio de que recordaba nuestra noche. Pero él era una roca. Era el profesor West, el tipo al que todos respetaban, el hombre que no conocía a ninguna Gemma Brooks.

Al finalizar la clase, mientras todos recogían sus cosas, Nolan se quedó en el estrado organizando sus papeles. Pasé por su lado, sintiendo cómo el aire a su alrededor se volvía más denso. Cuando estuve a su altura, me detuve un instante, solo un segundo, esperando una señal, un guiño, algo que me confirmara que no me estaba volviendo loca.

Él ni siquiera levantó la vista de sus documentos.

—Señorita Brooks —dijo, sin dejar de escribir—. Si tiene alguna duda sobre el contenido de la clase, mi horario de tutorías es los jueves a las tres. No acepto consultas fuera de ese horario.

Fue una bofetada con guante blanco. Me dejó allí, de pie, con la palabra en la boca y la sensación de que, efectivamente, la pesadilla acababa de empezar. Salí del aula arrastrando los pies, seguida de una Maya entusiasta que seguía alabando la elegancia del profesor.

—¿Te das cuenta de la suerte que tenemos? —decía ella mientras caminábamos hacia el comedor—. Es brillante, guapo y, además, es un caballero. Podría haberte puesto un cero por el cuaderno y ni siquiera te miró mal.

—Sí, Maya —respondí, dándome cuenta de que mi vida, que hace dos días parecía aburrida y predecible, se había convertido en un campo de minas donde Nolan West era, a la vez, el enemigo, el cómplice y la tentación más peligrosa que jamás había conocido—. Una suerte absoluta.

Mientras caminábamos, me pregunté qué pasaría cuando Finn llegara. Me pregunté cómo demonios iba a sobrevivir a este semestre sin perder la cabeza, o sin terminar confesando todo en medio de una clase. Pero, sobre todo, me pregunté si Nolan West era tan bueno actuando como recordaba que era en el hotel. Porque en ese momento, mientras el campus se llenaba de gente y la vida seguía su curso como si yo no estuviera a punto de colapsar, sentí una mirada pesando sobre mis hombros.

Me giré, pero solo vi la puerta del aula cerrarse lentamente. Nolan seguía ahí, en su mundo de leyes y control, y yo estaba fuera, preguntándome qué demonios me había llevado a cruzar aquel umbral. Había empezado el curso, y si el primer día era una muestra de lo que me esperaba, estaba claro que este semestre iba a ser, como mínimo, el más interesante —y caótico— de toda mi vida.

La universidad, el compromiso, mi madre, mi mejor amiga y, sobre todo, el profesor West. Todo estaba colisionando. Y yo, que solo quería una vida tranquila y un matrimonio decente, estaba atrapada en el centro de un huracán que no sabía cómo detener. El juego acababa de comenzar, y Nolan, con su máscara de indiferencia, tenía todas las cartas a su favor. Solo faltaba ver cuánto tiempo tardaría en romper su propia regla de oro: la de fingir que nunca nos habíamos conocido.

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