El eco de las palabras de Nolan West en el aula todavía resonaba en mis oídos como un zumbido constante. Esa tarde, el campus de la Universidad de la Costa se sentía más grande y más frío de lo habitual. Caminaba por el sendero principal, rodeada de estudiantes que cuchicheaban sobre la clase de Derecho Avanzado. Podía sentir las miradas clavadas en mi espalda; después de lo sucedido durante la mañana, me había convertido involuntariamente en el centro de atención. La «alumna a la que West destrozó» era, al parecer, el chisme más jugoso del día.
Me dirigía hacia la biblioteca, intentando concentrarme en el resumen de los casos de responsabilidad civil, cuando un grupo de compañeros de tercer año se interpuso en mi camino. No eran personas con las que tuviera mucha relación, pero sus risas eran estridentes y claramente dirigidas hacia mí.
—¿Te duele mucho el orgullo, Gemma? —preguntó uno de ellos, un chico que solía presumir de sus notas altas—. West realmente te dejó en ridículo hoy. Casi puedo escuchar los gritos de tu ego estrellándose contra el suelo desde aquí.
—Deberías considerar cambiarte a una carrera de artes o algo más sencillo, ya sabes, donde no tengas que enfrentarte a la lógica de alguien como Nolan —añadió otro, soltando una carcajada.
Intenté ignorarlos. La estrategia de la invisibilidad me había servido bien durante años; mantener la cabeza baja y dejar que los imbéciles se cansaran de su propia falta de imaginación era una forma de vida. Aceleré el paso, con los nudillos blancos de tanto apretar mi cuaderno contra el pecho. Pero ellos no se dieron por aludidos. Me siguieron unos pasos, lanzando comentarios sobre mi supuesta incapacidad para manejar la presión, sobre cómo «chicas como yo» no duraban ni un semestre bajo la tutela del profesor West.
—Quizás si pasaras más tiempo leyendo la jurisprudencia y menos tiempo intentando llamar la atención del profesor con tus preguntas absurdas, no estarías tan desesperada —dijo el primero, con una sonrisa cínica.
Me detuve en seco. Sentí una descarga de adrenalina que anuló cualquier filtro de cortesía. Mis manos dejaron de temblar y, por primera vez en toda la semana, el miedo fue reemplazado por una rabia pura y sin filtros. Me giré, enfrentándolos con la mirada más gélida que pude reunir.
—¿Saben cuál es el problema de ustedes? —pregunté, mi voz sorprendentemente firme—. Que confunden el rigor intelectual con el acoso. Nolan West no me humilló por incompetencia, me puso a prueba. Si su pequeña mente limitada solo puede interpretar un debate académico como una «humillación», entonces quizás los que deberían estar preocupados por su futuro en los juzgados son ustedes. El derecho no se trata de quién tiene la piel más gruesa para aguantar un insulto, sino de quién tiene el valor de defender su postura ante un argumento superior. Y, honestamente, después de escuchar sus comentarios, dudo mucho que alguno de ustedes pueda siquiera defender su propia tesis sin tartamudear.
Se hizo un silencio tenso. Había esperado una respuesta, tal vez otro insulto, pero lo que recibí fue una sombra que se proyectó sobre nosotros.
El aire se escapó de mis pulmones al instante. La voz de Nolan era un trueno contenido, profundo y peligrosamente gélido. Los chicos que me rodeaban se enderezaron inmediatamente, retrocediendo un par de pasos como si hubieran sido sorprendidos cometiendo un delito menor. Nolan estaba a pocos metros, con la mirada fija en mí, su rostro una máscara de dureza implacable. Se veía molesto; no, no solo molesto, se veía furioso, con esa clase de ira silenciosa que parece capaz de hacer temblar el suelo.
—¿Tiene algo más que añadir a su apasionado discurso? —preguntó, caminando hacia nosotros con pasos lentos y decididos—. Porque si su capacidad para argumentar en un juzgado se limita a responder a las provocaciones en medio del campus, le sugiero que aproveche el tiempo que le queda en esta universidad para buscar una actividad más acorde a su temperamento.
—Ellos estaban... —comencé, pero él me cortó antes de que pudiera articular una palabra.
—No me interesa el contexto, señorita Brooks. Me interesa el orden, el respeto y, sobre todo, la ética profesional que espero de mis estudiantes, algo que parece haber olvidado en el lapso de unos segundos.
Se giró hacia los otros estudiantes, quienes bajaron la vista, claramente intimidados por la presencia del profesor.
—Ustedes también. Si tienen tanto tiempo libre para analizar mi metodología docente y el rendimiento de sus compañeros, quizás deberían enfocar ese esfuerzo en sus propias calificaciones, que, a juzgar por sus últimos exámenes, dejan mucho que desear. Circulen. Ahora.
En menos de tres segundos, el grupo se dispersó, desapareciendo entre los arbustos del campus con una velocidad casi cómica. Nolan y yo quedamos solos en el centro del sendero. El sol de la tarde se filtraba entre los árboles, pero nada podía calentar el frío que sentí cuando él volvió sus ojos hacia mí.
—A mi oficina. Ahora —dijo, sin dejar espacio para la duda.
—Profesor, yo solo estaba defendiéndome, ellos...
—No dije «si quiere» o «cuando pueda» —me cortó, su voz bajando a un tono que me obligó a obedecer sin rechistar—. A mi oficina. Sin réplica.
Caminé detrás de él, sintiendo que cada mirada del campus estaba puesta en nosotros. Nolan caminaba rápido, con sus manos enterradas en los bolsillos de sus pantalones, sus hombros tensos, denotando una frustración que parecía ir mucho más allá de este incidente en particular. Su oficina era un santuario de orden y sobriedad que, tras las puertas cerradas, se sentía como una jaula.
Entró, dejó el maletín sobre la mesa con un golpe que me hizo sobresaltar y se quedó de espaldas a mí, mirando por la ventana que daba al patio central. Yo me quedé parada cerca de la puerta, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas. Estaba molesto, realmente molesto, y esa frialdad quirúrgica de los días anteriores había sido reemplazada por una energía volátil que me aterraba y, al mismo tiempo, me fascinaba.
—¿Es que acaso no tiene la más mínima capacidad de contención? —preguntó, volviéndose finalmente hacia mí. Sus ojos azules estaban oscuros, recorriéndome como si intentara descifrar un enigma que le irritaba profundamente—. ¿Necesita que todo el campus se entere de que es incapaz de ignorar una provocación de baja calidad?
—No eran provocaciones de baja calidad, eran insultos —respondí, dándome cuenta de que estaba temblando—. No voy a quedarme callada mientras alguien pone en duda mi capacidad solo porque usted decidió hacerme el blanco de su clase.
Nolan dio dos pasos hacia adelante, acortando la distancia hasta que apenas hubo unos centímetros entre nosotros. Pude oler su colonia, ese aroma a sándalo que me devolvió de golpe a aquella habitación de hotel, a las sombras de neón y al caos de nuestra única noche juntos. Pero esta vez no había ni una pizca de ternura.
—Usted no es el blanco de mi clase, señorita Brooks. Usted es una estudiante, y como estudiante, su única respuesta debe ser el desempeño académico, no el drama innecesario. ¿Cree que al enfrentarlos ha ganado algo? Lo único que ha logrado es ponerse una diana en la espalda. ¿Es eso lo que quiere? ¿Ser la alumna conflictiva que no puede manejar la presión?
—Lo que no puedo manejar es la hipocresía —dije, arriesgándome—. Usted habla de rigor, de profesionalismo, de la cruda realidad del mundo legal, pero lo que realmente hace es usar su posición para manipular mi estado mental. No sé qué le pasa, no sé por qué me trata así, pero si cree que voy a dejar que me destruya en silencio, se equivoca.
Nolan se quedó en silencio. Por un instante, la furia en su mirada cambió. Sus ojos recorrieron mis labios, luego mi cuello, deteniéndose en el anillo que brillaba en mi mano. Era un momento eléctrico, una tensión tan pura que casi podíamos quemarnos. Me sentí pequeña frente a su imponente figura, pero no me moví.
—Está jugando con fuego, Gemma —susurró, su voz ya no era un trueno, sino un murmullo grave que me hizo temblar—. Y le aseguro que, en este terreno, no tiene la menor idea de cuán caliente puede ponerse.
Se alejó de mí, recuperando su máscara de compostura, y se sentó tras el escritorio, fingiendo buscar unos documentos.
—Váyase a su casa —dijo, sin mirarme—. Mañana habrá una nueva lección, y le sugiero que, por su propio bien, aprenda a separar lo que ocurre fuera de mis paredes de lo que ocurre dentro. No volveré a llamarle la atención por un asunto de patio de recreo. Si vuelve a perder los papeles, considere que su permanencia en este curso estará bajo revisión.
Salí de la oficina casi sin aire, con las rodillas flojas y el corazón galopando. Nolan no me había tocado, no había mencionado nuestra noche, pero la intensidad de nuestra confrontación me había dejado más marcada que cualquier discusión pública. Había algo en su furia, algo que sentí que no era odio, sino una desesperación oculta, una lucha constante contra el recuerdo de lo que fuimos en aquel hotel. Y mientras caminaba hacia la salida, me di cuenta de que, en su intento por mantenerme lejos, él mismo estaba alimentando el incendio que ambos pretendíamos apagar. La guerra no solo era profesional, era una lucha de voluntades donde ninguno estaba dispuesto a admitir que, tras la máscara, el fuego seguía ardiendo.