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Capítulo Especial: El Asalto de las Hormonas

 

Seis años después de aquella boda bajo los viñedos, creía que ya lo había visto todo. Creía que mi maestría en supervivencia doméstica me había preparado para cualquier eventualidad: desde las guerras de comida de Liam hasta las incursiones artísticas de April con rotuladores permanentes sobre nuestras paredes recién pintadas. Incluso me sentía cómodo lidiando con los misteriosos objetos que desaparecían y aparecían en el congelador, cortesía de las "investigaciones" de mis dos pequeños detectives.

Sin embargo, nada, absolutamente nada, me preparó para la mañana en que Gemma decidió que el aguacate no era solo una fruta, sino un enemigo mortal que debía ser desterrado de nuestra cocina.

Era un martes cualquiera. El sol entraba con demasiada alegría por la ventana y yo estaba intentando, sin éxito, que Liam y April se pusieran los zapatos a la vez.

—¡Papá, April dice que mi dinosaurio es un herbívoro y quiere comerse sus legos! —se quejó Liam, con el pie derecho descalzo y una expresión de horror genuino.

—¡Es que los dinosaurios tienen hambre! —replicó April, tratando de darle un bocado de plástico a su hermano mientras corría por el salón como un tornado en miniatura.

En medio de aquel caos táctico, Gemma salió de la cocina. No traía una taza de café, ni una sonrisa, ni siquiera esa mirada de "buenos días" que solía darme. Traía un envase de guacamole en la mano, como si fuera una granada sin espoleta, y una cara de absoluto disgusto.

—Nolan —dijo, con una voz que oscilaba entre el drama shakesperiano y el terror puro—. Tienes que sacar esto de la casa. Ahora mismo.

La miré, luego miré el guacamole, y después volví a mirar a mis hijos, que se habían quedado petrificados ante la intensidad de su madre.

—¿El guacamole? ¿El que desayunaste ayer con tanto entusiasmo? —pregunté, tratando de usar mi tono más diplomático.

—Ayer era una persona diferente, Nolan. Ayer no tenía a este pequeño alienígena golpeándome las costillas desde dentro. El olor me está quemando las fosas nasales. ¡Sácalo!

Liam dejó caer al dinosaurio. April dejó de perseguir a su hermano. Ambos me miraron con ojos enormes.

—¿Mamá tiene un alienígena en la barriga? —preguntó April, con una curiosidad científica que me dio escalofríos.

—No exactamente, cariño —dije, sintiendo cómo se me caía el alma a los pies mientras el puzzle de las últimas tres semanas (náuseas matutinas, cambios de humor que harían parecer a un huracán una brisa suave, y un antojo irrefrenable por pepinillos con chocolate) empezaba a encajar—. Mamá... bueno, parece que vamos a tener otro equipo de exploración en casa.

Gemma se desplomó en el sofá, cubriéndose la cara con un cojín. Yo me acerqué a ella, ignorando el guacamole que amenazaba con la paz familiar.

—¿Otro? —murmuró desde debajo del cojín—. Nolan, Liam tiene seis años, April tiene seis años... ya habíamos superado la etapa de los pañales, de las noches sin dormir, de las canciones infantiles pegadizas que se te quedan grabadas en el cerebro como una condena a cadena perpetua.

—Lo sé, lo sé —le dije, acariciando su cabello—. Pero, bueno, siempre dijimos que queríamos una familia grande, ¿no?

—¡Yo dije que quería un perro grande, no otro humano que llore a las tres de la mañana! —exclamó, quitándose el cojín de la cara con una expresión que era mitad risa y mitad desesperación—. Y, por favor, saca ese aguacate de mi vista antes de que decida que nuestra boda fue un error solo porque me obliga a oler esto.

El resto del día fue una comedia de errores. Intenté cocinar una cena que no fuera ofensiva para su olfato, pero descubrí que el simple aroma del ajo era suficiente para que Gemma se escondiera en la habitación con una pinza de ropa en la nariz.

Liam y April, por su parte, se tomaron la noticia como si fuera una misión de espionaje.

—Papá —me susurró Liam mientras intentábamos lavar los platos (o al menos, yo intentaba mientras él supervisaba que no rompiera nada)—, si es un hermano, ¿podemos entrenarlo para que sea el guardián de los dinosaurios?

—Y si es una hermana —añadió April, sentada sobre la encimera—, tenemos que enseñarle a no usar los rotuladores en la pared blanca, porque mamá se pone muy, muy seria. ¿Entiendes? Tenemos que ser sus tutores oficiales.

—Me parece un plan excelente —dije, sintiendo que, a pesar del caos, el agotamiento y el hecho de que mi esposa probablemente me echaría de casa si volvía a comprar una fruta verde, no podía estar más feliz.

A la hora de dormir, Gemma ya estaba un poco más calmada. Estábamos en nuestra habitación, ella ya con pijama, observando su vientre aún plano pero que pronto nos daría otro motivo para perder la cabeza.

—Nolan —dijo, rompiendo el silencio—. ¿Crees que estamos locos?

—Completamente —respondí, sentándome a su lado—. Pero, sinceramente, ¿no es mucho más divertido estar loco en compañía?

Ella soltó una carcajada, la primera de verdad en todo el día.

—Sí. Supongo que sí. Pero si este bebé odia el chocolate como odia el aguacate, me divorcio de ti.

—Es un trato —reí, dándole un beso en la frente—. Pero, a ver, tenemos que planear cómo decirles a los abuelos. Conociéndolos, empezarán a comprar ropa de bebé en colores que ya están pasados de moda.

—¡Oh, no! ¡Ni se te ocurra! —se incorporó ella—. Nada de patitos amarillos. Nada de bordados antiguos. Si van a comprar algo, que sea algo que no parezca sacado de un museo de artes populares.

Me tumbé junto a ella, mirando el techo. La vida se estaba complicando de nuevo. Ya podíamos despedirnos de las noches de cine tranquilo, de los fines de semana donde podíamos dormir hasta las ocho, y de la paz relativa que habíamos conseguido construir en los últimos años. Pero, al mirar a Gemma, a pesar de sus antojos bizarros y su nueva aversión a la comida saludable, supe que no cambiaría este desorden por nada del mundo.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —pregunté.

—¿Qué? ¿Que vas a tener que cargar tú con todas las maletas en las vacaciones?

—No. Lo mejor es que vamos a volver a ver a Liam y April enseñando a alguien más cómo sobrevivir a nosotros. Imagínate a April explicando sus teorías sobre el universo mientras intenta darle de comer a un bebé recién nacido.

Gemma se rió, y esta vez, el sonido fue puro alivio.

—Bueno, al menos tendrán un cómplice.

La mañana siguiente, el caos volvió a reinar. Me desperté con un fuerte golpe en la puerta. Era Liam, con una máscara de superhéroe mal puesta, y April, que sostenía una hoja de papel donde había dibujado lo que parecía ser un círculo con muchas patas.

—¡Papá! —gritó Liam—. ¡Hemos hecho una lista de nombres! Si es chico, queremos que se llame 'Raptor', y si es chica, 'Estrella de Fuego'.

Miré el papel, luego miré a Gemma, que acababa de entrar en el cuarto frotándose los ojos, todavía soñolienta.

—¿Raptor y Estrella de Fuego? —preguntó ella, mirando a sus hijos con una mezcla de horror y diversión—. Creo que tendremos que revisar esas sugerencias.

—¡Son nombres de guerreros, mamá! —defendió April—. Los guerreros no tienen miedo de los aguacates.

Gemma me miró, y en ese momento, supe que habíamos perdido la batalla por la cordura, pero habíamos ganado algo mucho mejor: una casa llena de risas, de dibujos imposibles y de un futuro que, aunque fuera caótico, sería nuestro.

Pasamos el resto de la mañana tratando de convencer a los niños de que quizás, quizás, los nombres tenían que ser un poco más... convencionales. Pero fue una pelea perdida. Cada vez que sugería "Tomás" o "Sofía", Liam hacía un ruido de dinosaurio y April me explicaba por qué esos nombres carecían de "potencia cósmica".

Al final, terminamos desayunando cereales —lo único que Gemma pudo tolerar sin náuseas—, todos apretados en la pequeña mesa de la cocina. Fue un desastre. La leche se derramó, April decidió que sus cereales debían formar un laberinto y Liam insistió en que tenía que comer con las manos para "conectar con sus raíces prehistóricas".

Yo, el hombre que una vez pensó que la vida podía ser una línea recta, un expediente bien organizado, me encontré sentado ahí, con una mancha de leche en la camisa, riéndome mientras mis hijos discutían sobre los nombres de su futuro hermano.

Gemma me miró por encima del tazón de cereales. Tenía una mancha de leche en la mejilla, pero sus ojos estaban brillando. Estaba despeinada, cansada y claramente a un mal comentario de distancia de perder la paciencia por completo, pero se veía más hermosa que cualquier otra mujer que hubiera conocido jamás.

—¿Sabes? —dijo, mientras Liam trataba de explicarle por qué un "Raptor" era mejor que un "Carlos"—. Creo que voy a dejar que le pongan el nombre que quieran.

—¿En serio? ¿Vas a dejar que tu hijo se llame Raptor?

—Bueno, si eso significa que el bebé va a ser tan creativo como ellos, lo acepto. Y además, Nolan, imagínate cuando tengamos que llamarlo en el parque. "¡Raptor, ven a comer!". Va a ser genial.

Me reí, negando con la cabeza. Tenía razón. Iba a ser un desastre. Iba a ser ruidoso, complicado y probablemente nos quitaría los últimos años de vida que nos quedaban, pero iba a ser nuestra historia. Y nuestra historia nunca había sido normal, así que, ¿por qué empezar ahora?

Liam se subió a mi regazo y me miró con sus ojos grandes.

—Papá, cuando nazca, ¿tú crees que sepa pelear contra los monstruos de la noche?

—Bueno —dije, mirando a Gemma—, tendrá a dos expertos maestros en supervivencia a su lado, así que estoy seguro de que no tendrá nada que temer.

April asintió con gravedad, como si estuviéramos tratando un asunto de estado.

—Exacto. Somos los mejores tutores.

Esa tarde, salimos a pasear. Gemma, que todavía no se sentía con fuerzas para largas caminatas, se quedó sentada en un banco bajo un árbol, vigilando mientras yo jugaba con los niños. Liam corría persiguiendo a una mariposa que, según él, era un "pterodáctilo en miniatura", y April intentaba recoger todas las piedras del camino porque decía que eran "artefactos espaciales".

Me acerqué a Gemma y me senté a su lado. El aire fresco empezaba a limpiar el ambiente pesado de la mañana.

—Es una locura, ¿verdad? —le dije, tomando su mano—. Otra vez. La falta de sueño, el ruido, las preocupaciones... y aquí estamos, haciendo planes para otra persona.

Gemma apoyó la cabeza en mi hombro.

—Lo es. Pero si te soy sincera, Nolan, ahora mismo no puedo imaginarme haciendo otra cosa. Me gusta este caos. Me gusta que nuestros hijos quieran llamar a su hermano 'Raptor'. Me gusta que nuestra vida sea un desastre maravilloso que solo nosotros entendemos.

Me incliné y le di un beso, sintiendo la brisa de la tarde sobre nosotros. No necesitábamos más. No necesitábamos la aprobación de nadie, ni cumplir con las expectativas de nadie. Solo necesitábamos este momento, esta locura, este desastre familiar que se estaba haciendo más grande con cada día que pasaba.

—Nolan —dijo ella, separándose un poco para mirarme—. Pase lo que pase, con este nuevo bebé, con el nuevo desorden que se nos viene encima... solo prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Prométeme que no volverás a traer aguacate a esta casa hasta que el bebé tenga al menos tres años.

Me reí, una carcajada que resonó en todo el parque, haciendo que Liam y April se giraran para ver qué pasaba.

—Trato hecho, mi amor. Trato hecho.

La vida se complicaba, sí. Pero mirando a mi familia —a mi caótica, ruidosa y perfectamente imperfecta familia— supe que no habría preferido estar en ningún otro lugar. La casa, el ruido, los nombres de dinosaurios, las náuseas, las risas... todo era parte del contrato que habíamos firmado años atrás, y cada cláusula, por extraña que fuera, era exactamente lo que necesitábamos.

La aventura continuaba, y por primera vez, no sentí miedo ante lo desconocido. Solo sentí la emoción de saber que, viniera lo que viniera, lo afrontaríamos como siempre lo habíamos hecho: juntos, riendo y, sobre todo, abrazando el caos con todas nuestras fuerzas. El "Raptor" o la "Estrella de Fuego" que venía en camino no solo iba a ser un nuevo miembro de nuestra familia, sino también el nuevo protagonista de nuestra propia, desordenada y gloriosa historia de amor. Y sinceramente, no podía esperar a que empezara el espectáculo.

Mientras el sol se ocultaba, tiñendo el cielo de naranja y morado, me levanté y grité:

—¡Muy bien, equipo! ¡Es hora de volver a casa! ¡Tenemos que preparar el nido para el nuevo Raptor!

Liam y April salieron corriendo hacia nosotros, gritando como si fueran auténticos dinosaurios, mientras Gemma se levantaba, ayudada por mí, con una sonrisa que iluminaba toda la tarde. Caminamos los cuatro —y el bebé que venía en camino— hacia nuestro hogar, un lugar que, a pesar de las manchas en la pared, el desorden en la cocina y la constante amenaza de un nuevo nombre ridículo, era el lugar más perfecto del universo.

La vida, en su forma más pura y humana, nos estaba esperando dentro de esas cuatro paredes, y por fin, por primera vez en mi vida, supe que no necesitaba tener todas las respuestas. Solo necesitaba a mi familia, mi caos y la certeza de que, mientras estuviéramos juntos, todo, absolutamente todo, terminaría saliendo bien. Incluso si terminábamos viviendo en una casa llena de dinosaurios. Especialmente si terminábamos viviendo en una casa llena de dinosaurios.

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