Mundo ficciónIniciar sesiónEl campus se transformaba bajo la lluvia torrencial. Las luces de los edificios académicos se reflejaban en el asfalto mojado, convirtiendo el suelo en una pista de patinaje oscura y peligrosa. Yo estaba allí, junto a mi coche, un modelo antiguo que siempre había sido mi fiel compañero, pero que esa noche había decidido, con una terquedad mecánica digna de estudio, no encender. Giré la llave una, dos, tres veces, escuchando solo ese siseo eléctrico vacío que te hace querer gritarle al motor por su traición.
El móvil en mi bolso empezó a vibrar con una insistencia casi agresiva. La pantalla se iluminó con el nombre de Finn. *Finn, mi prometido. El hombre que, en teoría, debería estar aquí, sosteniendo un paraguas y riéndose de mi mala suerte.* Sentí un nudo de frustración en la garganta. No tenía energía para explicarle que mi día había consistido en ser humillada por Nolan West y luego terminar siendo enviada a su oficina como una niña pequeña.
—Estoy ocupada, Finn. Tengo mucho trabajo pendiente —escribí rápidamente, sintiendo cómo una punzada de culpa se mezclaba con mi irritación. Era una mentira a medias; estaba ocupada, pero no con los libros, sino con el caos emocional que amenazaba con devorarme.
La lluvia arreciaba. Me puse la capucha de mi chaqueta, sintiendo el frío calarme hasta los huesos. Estaba sola en el aparcamiento, rodeada por la penumbra y el sonido del agua golpeando los tejados de los coches. Fue entonces cuando escuché el motor de un vehículo acercarse. No era el ruido metálico y esforzado del mío, sino el ronroneo suave y potente de un coche de alta gama. Un sedán oscuro se deslizó por el carril, deteniéndose a pocos centímetros de donde yo estaba, bajo la luz mortecina de una farola.
La ventanilla del copiloto bajó lentamente, revelando a un chico joven, de rasgos suaves y una sonrisa amable que parecía fuera de lugar en aquella noche desastrosa. No lo había visto antes, o al menos no lo recordaba de mis clases.
—¿Problemas con el motor? —preguntó con una voz que intentaba ser servicial—. Está cayendo el diluvio universal ahí fuera. Si vas hacia la zona residencial, puedo llevarte. No es molestia.
Dudé. Mi instinto me decía que aceptar un aventón de un desconocido era la receta perfecta para un desastre, pero la idea de esperar un taxi bajo aquel aguacero me parecía mucho peor. Cuando estaba a punto de responder, dando un paso hacia la puerta abierta del coche, sentí un tirón firme y seco en mi muñeca.
El contacto fue eléctrico, una descarga que me paralizó al instante. Me giraron con una fuerza controlada pero innegable, y de repente, me encontré frente a frente con Nolan West.
No lo había escuchado llegar. Su coche, un todoterreno negro que destacaba entre los vehículos de los estudiantes como una sombra imponente, estaba bloqueando el paso del chico que me había ofrecido ayuda. Nolan llevaba el cabello ligeramente húmedo y su mirada, bajo la luz de las farolas, parecía más oscura y tempestuosa que la propia tormenta.
—No creo que eso sea necesario —dijo Nolan, dirigiéndose al chico sin siquiera mirarlo, manteniendo sus ojos clavados en los míos. Su voz, gélida y autoritaria, resonó sobre el tamborileo de la lluvia—. La señorita Brooks tiene otros planes para volver a casa.
El chico del otro coche pareció encogerse en su asiento, intimidado por la presencia absoluta de Nolan. —Oh... lo siento, profesor. Solo intentaba ser amable.
—Lo sé —respondió Nolan, con una cortesía que sonaba a advertencia—. Y ahora, por favor, retírese. La señorita Brooks está bajo mi supervisión académica esta noche.
Vi cómo el coche arrancaba y se alejaba a toda prisa, dejándonos solos bajo la cortina de agua. Intenté protestar, abriendo la boca para decirle que no era su supervisada, que no tenía derecho a decidir por mí, pero las palabras se me quedaron atascadas. Nolan no me dejó espacio para la réplica.
Antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba, me tomó por el brazo con una firmeza que no admitía debate. Me guio hacia su coche, abriendo la puerta del pasajero con un movimiento rápido. El interior olía a cuero, a su perfume inconfundible y a algo que recordé de aquella noche: el aroma de un secreto compartido. Me subió al coche casi como si yo fuera una carga necesaria, empujándome suavemente hacia el asiento antes de cerrar la puerta con un golpe que sonó como un sello definitivo.
Él dio la vuelta al vehículo y se sentó en el lado del conductor, cerrando su puerta al mismo tiempo que el silencio se volvía opresivo. La lluvia golpeaba el techo del coche con un ritmo frenético, pero dentro, el aire parecía haberse estancado.
—¿Qué demonios crees que haces? —pregunté finalmente, con la voz temblorosa por la rabia y el frío—. No soy tu alumna en este momento, West. No puedes simplemente aparecer y...
—Puedo hacer exactamente lo que considere necesario cuando uno de mis estudiantes está a punto de cometer una estupidez —me interrumpió, sin encender el motor todavía. Sus manos apretaban el volante, sus nudillos blancos destacando en la oscuridad de la cabina—. ¿Acaso te has vuelto loca? ¿Aceptar un aventón de un desconocido en mitad de la noche, después de la clase de hoy? ¿No tienes ni una pizca de sentido común?
—¡Es mi vida, no tu clase! —grité, golpeando el salpicadero con mi bolso—. No tienes ningún derecho a controlar con quién hablo o a dónde voy.
Nolan giró la cabeza para mirarme. En la oscuridad, sus ojos parecían brillar con una intensidad que me hizo perder el aliento. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una forma que aceleró mi pulso de inmediato. Podía sentir el calor que emanaba de él, la cercanía de un cuerpo que mi memoria recordaba mucho mejor de lo que mi voluntad estaba dispuesta a admitir.
—Te equivocas, Gemma —susurró, su voz bajando a un tono peligroso que me dejó sin defensas—. Cuando estás en mi radio de acción, las reglas cambian. Y tú has estado buscando problemas desde el momento en que entraste en mi aula.
—Tú eres el problema —repliqué, aunque mi voz ya no tenía la fuerza anterior—. Desde el momento en que decidiste fingir que no me conoces, te has convertido en el problema.
Se quedó paralizado. Por un segundo, el aire en el coche pareció vibrar. Se alejó un poco, pero no lo suficiente. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en mis labios, antes de volver a mirar hacia el frente. El motor cobró vida con un rugido profundo que vibró en todo el chasis.
—Si quieres jugar a ser la víctima, busca otro escenario —dijo, metiendo la marcha con una brusquedad que delataba su propia frustración—. Esta noche, te guste o no, vas a llegar a casa sana y salva. Y te aseguro que la próxima vez que te vea aceptando una oferta de un extraño, no seré tan cortés.
Condujo hacia la salida del campus a una velocidad medida, sin dirigirme ni una mirada más. Yo me quedé mirando por la ventana, viendo cómo los árboles pasaban como sombras borrosas. El interior del coche era una olla a presión de tensión no resuelta. Estaba furiosa, aterrada y, sobre todo, profundamente confundida. ¿Por qué le importaba tanto? ¿Por qué esa necesidad de controlarlo todo, de dominar cada paso que daba, mientras insistía en que nuestra conexión era solo académica?
La lluvia seguía cayendo, pero dentro del coche, el clima era mucho más peligroso. Me di cuenta de que estar en su coche, rodeada de su presencia y su autoridad, era un error tanto o más grande que el que había cometido con el chico de hace unos minutos. Nolan West no era un profesor cuidando de su alumna; era un hombre luchando por mantener a raya una tormenta que nosotros mismos habíamos desatado.
—¿Por qué no me dejaste ir? —pregunté en un susurro, sintiendo que la fatiga empezaba a ganarle a la ira.
Nolan no respondió de inmediato. Apretó el volante hasta que sus venas se marcaron en el dorso de la mano.
—Porque algunas veces —dijo al fin, su voz apenas audible sobre el sonido de la lluvia—, el peligro no es quien te ofrece llevarte, sino a quién le permites llevarte a casa.
El resto del camino transcurrió en un silencio tenso, roto solo por el sonido de los limpiaparabrisas. Al llegar frente a mi apartamento, frenó en seco. No se ofreció a bajar, ni a abrirme la puerta. Se quedó allí, mirando hacia adelante, con los músculos de su mandíbula tensos. Abrí la puerta, sintiendo el aire húmedo golpearme la cara, y antes de salir, me giré hacia él.
—Gracias, profesor —dije, con una ironía que apenas logré controlar.
Él no me miró, pero justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta, su voz volvió a resonar en el coche, fría y cortante como el hielo.
—Mañana a primera hora, señorita Brooks. No llegue tarde.
Cerré la puerta y me quedé allí, bajo la lluvia, viendo cómo su coche se alejaba hacia la noche. Me sentí como si hubiera sobrevivido a un naufragio, solo para descubrir que la tormenta no había hecho más que empezar. Mi vida, que hace unos días era un plan perfecto con Finn, se estaba desmoronando, y en el centro de todas las ruinas, estaba Nolan West, vigilando cada uno de mis pasos. Y lo peor de todo, lo que más miedo me daba admitir, era que parte de mí no quería que dejara de hacerlo.







