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Capítulo 7: La rendición ante la lógica del deseo

 

El aire en la oficina de Nolan se había vuelto denso, cargado con una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Cuando sus labios descendieron desde mi boca hasta la curva de mi cuello, un gemido involuntario escapó de mi garganta, un sonido que me avergonzó y me liberó al mismo tiempo. Sus manos, que antes me sujetaban con una fuerza casi dolorosa, ahora recorrían mi espalda con una urgencia que no dejaba lugar a dudas. Chocamos contra una de las estanterías laterales, haciendo que varios tomos de jurisprudencia cayeran al suelo con un estruendo que, en circunstancias normales, me habría hecho saltar del susto. Ahora, ni siquiera el estruendo del derecho constitucional derribándose era capaz de romper el hechizo.

Nolan se separó un segundo solo para dar un paso hacia la puerta. Con un movimiento seco, la cerró por completo, asegurando el pestillo con un clic metálico que resonó como una sentencia definitiva. Cuando se giró hacia mí, la luz del atardecer recortaba su silueta contra los estantes. Se quitó los lentes de montura fina y los dejó sobre el escritorio con una parsimonia que contrastaba brutalmente con la intensidad de su mirada. Acto seguido, sus dedos, ágiles y precisos, desanudaron la corbata de seda, soltándola como si fuera una cadena que lo mantenía atado a una cordura que ya no le servía de nada. Cada movimiento era una coreografía de liberación.

—Gemma —susurró mi nombre, y fue la primera vez que lo escuché despojado de cualquier autoridad académica. Era una súplica, una orden y una confesión, todo a la vez.

Me guio hacia el sofá de cuero que ocupaba un rincón del despacho. Al tumbarme, la superficie fría contra mis hombros fue un choque térmico necesario para mantener el sentido de la realidad. Mis manos buscaron su camisa, desesperadas por deshacerme de los botones que se interponían entre mi piel y la suya. Cuando mis dedos rozaron su pecho, el gemido fue suyo esta vez, un sonido ronco que vibró en la habitación. Con una destreza que me dejó sin aliento, Nolan se encargó de mis pantalones; el roce del cuero y el contacto de sus manos al bajar la prenda hicieron que mi cuerpo se arquease, escapando de mis labios un gemido largo y lastimero que rebotó en las paredes cargadas de libros.

Él se desprendió de los suyos con una rapidez que delataba su propia urgencia, desechando cualquier pretensión de control. Cuando finalmente la distancia entre nosotros se redujo a cero, el mundo pareció reducirse a la fricción de nuestras pieles y al ritmo acelerado de nuestra respiración. No había más reglas. No había más artículos del código civil que citar. Solo existía la física básica: la atracción, la presión y la entrega.

Nolan tomó el control, pero de una manera que yo no esperaba. No fue una dominación fría; fue una búsqueda meticulosa de cada zona que me hacía perder la cabeza. Sus manos, expertas en la teoría, demostraron conocer a la perfección la práctica del placer. Me posicionó de manera que cada movimiento nuestro fuera un eco del anterior, una danza donde las poses no estaban dictadas por el guion de una novela, sino por la necesidad pura. Me moví contra él, buscando su ritmo, nuestras voces entrelazándose en una sinfonía de gemidos que subían de tono con cada embestida. Cada contacto era una descarga; cada posición en la que me colocaba —la firmeza de sus manos sobre mis caderas, la forma en que su cuerpo se ajustaba al mío— era una lección magistral sobre el deseo.

Nuestros cuerpos chocaban, se buscaban y se encajaban con una desesperación que no permitía pausas. Me sentí desbordada, al borde de un abismo que él mismo estaba construyendo. Nolan, siempre tan dueño de sí mismo, perdía los estribos, su respiración entrecortada y sus gemidos ahogados contra mi piel eran la prueba de que el profesor West también podía sucumbir a la falta de lógica. Hablábamos con los suspiros, con los jadeos que llenaban el silencio de la oficina, con cada movimiento que exigía más, siempre más. El sofá, estrecho y exigente, nos obligaba a estrechar el contacto, a fundirnos en una serie de ángulos que intensificaban cada sensación hasta hacerme sentir que estaba perdiendo la consciencia de quién era yo.

En el clímax de nuestra unión, cuando el mundo exterior —la universidad, Finn, el futuro— se volvió algo insignificante, el tiempo pareció detenerse. Los gemidos alcanzaron un punto de quiebre donde la palabra ya no bastaba. Nolan me miraba con una intensidad que casi me quemaba, sus ojos fijos en los míos, como si intentara leer en ellos una respuesta que ni siquiera yo tenía. Todo mi ser se concentró en la fricción, en el roce de nuestros cuerpos que buscaban desesperadamente el alivio a una tensión que llevábamos acumulando durante días.

Fue un despliegue de honestidad brutal. No hubo trucos ni artificios, solo la entrega total de dos personas que se habían estado negando lo inevitable. Cuando la ola final llegó, no fue solo física; fue un colapso emocional que nos dejó a ambos exhaustos, tendidos en el sofá, con el silencio de la oficina volviendo a reclamar su espacio.

Me quedé allí, con la respiración pesada, sintiendo el peso de Nolan sobre mí y el calor residual que aún recorría mis venas. Sus dedos, que antes me habían exigido tanto, ahora acariciaban mi cabello con una lentitud casi agónica. No hablamos. ¿Qué podíamos decir? Cualquier frase habría sido una profanación de lo que acababa de ocurrir. Él se mantuvo cerca, su frente apoyada contra la mía, mientras sus ojos buscaban los míos en la penumbra que empezaba a invadir el despacho.

Sabía, en lo más profundo de mi ser, que al cerrar la puerta no solo habíamos terminado una discusión; habíamos cruzado una frontera que nos prohibía volver al estado anterior. La culpabilidad seguía ahí, acechando como una sombra, pero ahora tenía un tinte diferente, uno que me aterraba más que el odio que habíamos fingido tenernos. Habíamos destruido la barrera de profesor y alumna para descubrir algo mucho más inestable: la verdad de que, independientemente de todo, éramos como dos piezas magnéticas destinadas a colisionar, sin importar quién saliera herido en el proceso. Nolan se apartó lentamente, sus movimientos cargados de una reflexión que preferiría no descifrar, y por primera vez desde que lo conocí, vi en sus ojos algo que me dolió más que su frialdad: miedo. Miedo de sí mismo, miedo de lo que significaba haberme llevado a su sofá, y sobre todo, miedo de haber dejado que la lógica del deseo venciera a la razón de su propia vida. La puerta estaba cerrada, pero el desastre acababa de comenzar.

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