Leiah respiró hondo frente al espejo.
Su reflejo temblaba, no por el frío, sino por la mezcla abrumadora de nervios, deseo y ese rastro de tristeza que intentaba dejar en el umbral de aquel nuevo año.
El vestido negro que eligió se ceñía como una segunda piel. De espalda descubierta y con una abertura lateral que dejaba ver apenas la curva de su muslo derecho. No llevaba más joyas que unos pendientes sencillos y una pulsera heredada de su abuela. Su perfume —una mezcla cálida de vainilla, jazmí