29. Problemas, problemas y más problemas
Fausto.
Guadalajara, Jalisco.
—¡Me vale madres Victoria! ¡Nadie pido tu puñetera opinión!— le grite a la estúpida niña la cual lloraba patéticamente sobre el sillón de piel roja.
Los brazos cruzados de Victoria causaron que se me calentaran las orejas. Y todavía se atrevía la estúpida a hacerme un berrinche.
¡Ya me tenía harto!, Victoria solo lograba manchar nuestro apellido.
Meterme en problemas a mí.
Le debía un enorme favor a Carlota y a Enzo por ayudarme a traer a mi hermana de regreso