9. Los muertos están vivos
Dante.
Los enormes ojos asustados de Indra intentaron no devolverme la mirada. Di un paso hacia ella y me troné el cuello.
—Estás aplastándolas —le dije lo más tranquilo que pude.
Ella me miró, confundida y aterrada.
—¿Eh? —balbuceó.
—Mis dulces. Estás aplastando mis dulces —repetí, ya mosqueado. ¿Ahora también había quedado tonta?.
Indra retrocedió dos pasos, levantando las manos como si le estuviera apuntando.
Abrí la boca para soltarle un mal chiste, pero en ese momento vi la cabeza de mi