IX Bandos

El agarre en las muñecas de Eris fue firme, pero gentil. Ella no se atrevió a jalar y tampoco habría podido hacerlo de querer, pues se había quedado inmóvil con tan repentina e inesperada maniobra del moribundo prisionero que ni para coger una espada y protegerse se movía, pero que ahora lo hacía, amparado en la oscuridad, para tocarla.

Tragó saliva al tiempo que sintió la nariz del prisionero inhalando en sus muñecas, llevando así a sus pulmones la poción en la que había depositado todas sus
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