En la confortable habitación que estaba pronta a mancharse de sangre, las palabras pronunciadas por Kaím retumbaban en los oídos de Akal. No quería creerlas. Listo para desgarrar la garganta de su hermano, se aferraba al deseo de que no fuera necesario hacerlo y que todo se resolviera por la paz.
¿Cómo borrar de su mente lo que había visto sin arrancarle la cabeza? Y la felicidad de Gunt, tan dichoso por la salud restablecida de su hermano, se extinguiría con la misma crueldad. Lo peor de todo