LXIV Nuestros destinos

La intensa y cálida luz que se coló desde el salón del alfa se extinguió, junto con el aliento de quienes aguardaban afuera. Akal fue hacia las puertas, deseando empujarlas para meterse dentro y sacar a Eris y a su hijo, alejándolos para siempre de las garras del supremo.

Entonces los guardias se apartaron y las puertas se abrieron. Eris apareció, con expresión desolada y el rostro lloroso. Estaba sucia, cubierta de polvo, pero seguía viva; ambos lo estaban.

Akal la estrechó en sus brazos al
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Rosario Santanaay no q no los separen q chiste. Gracias por actualizar esperando por mas
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