La intensa y cálida luz que se coló desde el salón del alfa se extinguió, junto con el aliento de quienes aguardaban afuera. Akal fue hacia las puertas, deseando empujarlas para meterse dentro y sacar a Eris y a su hijo, alejándolos para siempre de las garras del supremo.
Entonces los guardias se apartaron y las puertas se abrieron. Eris apareció, con expresión desolada y el rostro lloroso. Estaba sucia, cubierta de polvo, pero seguía viva; ambos lo estaban.
Akal la estrechó en sus brazos al