31. Entre pétalos y lujos
Indra.
Solté todo el aire contenido cuando Enzo alzó la cortina de satín blanco, permitiéndonos la entrada a Fausto y a mí en otro espacio.
Lejos de las frías manos que nos habían estado tocando para felicitarnos por este matrimonio.
La enorme habitación se había convertido en un bastidor relativamente tranquilo.
Mi —ahora oficialmente— esposo me ofreció su brazo para estabilizarme, mientras los encargados del vestuario acortaban, con prisa, la tela del velo.
Querían que pudiera presentarme