18. No me dejes caer

Indra.

Corría. O eso intentaba.

Mis pies se hundían en la maleza como si el bosque mismo quisiera devorarme.

Cada zancada era un suplicio, cada rama me rasgaba la piel. El aire era demasiado denso. Irrespirable.

—¡Ayuda! —grité con fuerzas que ya no tenía.

Nadie respondió. Solo el eco burlón de mi propia desesperación.

Me estaban cazando.

Yo era la presa de la bestia. Me tropecé entre piedras y lodo rasgándome el alma misma.

Caí de bruces fijando la vista enfrente, y entonces lo vi.

Dante.

E
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