La noche se extendió para Nathaniel como un manto opresivo, cada minuto una tortura. La fotografía de Anastasia, con el niño en brazos y el collar de diamantes brillando, fue su única compañía.
La había recogido del suelo, la había estudiado bajo la luz de la lámpara del estudio, su mente atrapada en un torbellino de incredulidad y una esperanza aterradora. Era imposible. Anastasia estaba muerta, lo había visto con sus propios ojos, el cuerpo inerte, la tumba, el duelo, pero la imagen era irref