Isabella Volkova se miraba al espejo, retocando el brillo de sus labios. Vestía un elegante traje de seda color esmeralda, que acentuaba la curva de su figura. Un nuevo cliente la esperaba en media hora, un magnate naviero con reputación de ser tan opulento como aburrido. Suspiró. La vida de una "consultora" de alto nivel, como ella la llamaba con una sonrisa irónica, era un constante equilibrio entre el glamour y el tedio.
Justo cuando terminaba de ponerse un delicado collar de perlas, la puer