La azotea del restaurante era un santuario de elegancia y serenidad, un contraste perfecto con el caos de las noches anteriores y la forma en que Isabella había llegado. Las luces de la ciudad centelleaban como un manto de diamantes bajo ellos, y el cielo se teñía de tonos naranja, violeta y carmesí, mientras los últimos rayos del sol se filtraban a través de las nubes dispersas en el horizonte. El aire fresco de la noche, mezclado con el tenue aroma de la cocina, creaba una atmósfera mágica.
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