El silencio en el almacén era tan denso que casi se podía saborear la desesperación y la furia. Nathaniel Vance apretaba a su bebé contra el pecho, el pequeño cuerpo caliente y vivo un ancla en el caos. Frente a él, Rebecca Thorne, inmovilizada en el suelo por los agentes del Delta, sonreía con una mezcla de locura y triunfo, su última revelación colgando en el aire.
—Porque si me matas… —había dicho Rebecca, su voz un susurro fantasmal—, también matarás a tu bebé.
Vance sintió que su mundo se