La revelación de la verdad sobre el atentado en Irak había golpeado a Nathaniel Vance como un puñetazo. La confesión del Coronel Jenkins resonaba en su mente, la magnitud de su crimen, la magnitud de su encubrimiento, lo dejaban sin aliento. La vida de Anastasia, la vida de su hijo, pendían de un hilo, y él era el único que podía salvarlos, pero el precio era su propia destrucción.
—No puedo creer que ese hombre… que Jenkins… —murmuró Vance, caminando de un lado a otro en la Sala de Crisis, el