El eco de la confesión de Rebecca seguía vibrando en el aire de la pequeña oficina de la Casa Blanca, un sonido más perturbador que cualquier grito. "¡Sí, la empujé! ¡Y lo haría de nuevo! ¡Mil veces! ¡Porque antes muerta que permitir que ella vuelva a tenerte! ¡Tú eres mío, Nathaniel! ¡Mío o de nadie!"
Las palabras se le clavaron a Nathaniel Vance como cuchillos; una verdad tan horripilante que le heló la sangre en las venas. La mujer que había sido su amante, su confidente, era una psicópata.