El aire de la fábrica abandonada era pesado, cargado con el olor a metal oxidado y a muerte. El silencio, un silencio antinatural que solo era interrumpido por los sollozos de Henry, era un recordatorio constante de la tragedia que se cernía sobre ellos.
El pequeño cuerpo de su hijo temblaba detrás de su captor, un grito silencioso que rompía el corazón de Anastasia. Ellis, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, disfrutaba del terror en los rostros de sus prisioneros. Su postura era demasiad