El aire de la fábrica abandonada era espeso, tan frío que se sentía como una herida en los pulmones. Se arrastraba por el suelo de concreto, un hedor a óxido y productos químicos putrefactos en el aire, mezclado con el penetrante olor a sangre fresca que provenía de las heridas abiertas de Ellis.
Ellis, tirado en el piso de cemento, con su mano herida y una bala en el pecho, se quejaba, sus gemidos un sonido débil que se perdía en el eco. Sus ropas estaban empapadas en su propia sangre, un char