El crujido de las costillas de Vance resonó en la cueva, un sonido que Anastasia sintió en su propia carne. El dolor en el rostro de Vance era un espejo del suyo, y su impotencia se sentía como una cuerda que la ahogaba. El sabor a sangre en su boca era un recordatorio constante de su derrota, de que su arrogancia no había servido de nada. La promesa que le hizo a Vance, sin embargo, no era un simple gesto de amor; era el detonante de la bestia que llevaba dentro, un grito silencioso de venganz