La mañana se había vuelto un infierno helado.
Vance y Anastasia, con las manos sobre la cabeza y amordazados, caminaban a punta de pistola por el sendero nevado directo a lo que sería el fin. El aire era cortante, un aliento gélido que quemaba sus pulmones, y la nieve, que había sido testigo de su pasión, ahora era un campo de batalla. Los cuatro hombres encapuchados, con sus pasos firmes y su silencio opresivo, los guiaban a un lugar desconocido.
—Maldita sea —murmuró Vance, su mente era un ca