La luz de la chimenea era un baile de sombras doradas sobre sus cuerpos; una hoguera cálida que los protegía del frío implacable del invierno ruso. Anastasia, envuelta en una manta de piel suave que había encontrado en el armario de la habitación principal, se recostó en el pecho de Vance, el ritmo constante de su corazón era un arrullo que la tranquilizaba. El olor a leña quemada y a su colonia casi inexistente se mezclaban, creando un aroma que, por primera vez, se sintió como hogar.
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