33. El Mensaje de Diego
El auto se detuvo frente a la Galería Almonte a las diez en punto. Isidora no se movió inmediatamente. Se quedó sentada en el asiento trasero, mirando el edificio de cristal y acero que alguna vez fue el orgullo de su padre.
—¿Señorita? —preguntó el conductor suavemente.
—Sí. Gracias.
Isidora salió del auto con movimientos cuidadosos. Cada paso le recordaba lo que había perdido la noche anterior. No era solo el dolor físico. Era la certeza de que su cuerpo ya no era completamente suyo.
La galerí